Prisión de Almas: Acto II (Nudo)

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kurgan
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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por kurgan » 25 Ago 2010, 23:49

Reiner Volk

El zweihander empezó a usarse en los dos últimos dos siglos, en un principio en la zona de Middenland (que mantiene una justa fama por la calidad de su infantería armada con esta arma, en concreto en el caso de los paradigmáticos grandes espaderos de Carroburgo). Surge como respuesta a las cada vez más pesadas armaduras de placas conque se cubren la caballería y la infantería pesadas. En los choques frontales entre compañías de piqueros acorazados, las picas apenas hacían bajas; rebotaban en la armadura de los enemigos. Así, se pensó en dotar a grupos de soldados escogidos con armas pesadas para internarse en la formación enemiga y atravesar su protección; así surge el zweihander.

Existen descripciones de guerreros del siglo VIII que nos hablan de grandes espadones empleados con las dos manos, y algunos han querido ver en ellos los predecesores del zweihander. Pero este arma, tal como la conocemos en la actualidad, evoluciona a partir de la gran guerra contra el Caos. Y no lo hace como arma para duelo; se trata de una herramienta de apoyo, diseñada para ser respaldada por una formación de piqueros o alabarderos. Alcanza su máxima efectividad, curiosamente, en combates muy cerrados, como el de formaciones de piqueros, pues sus víctimas apenas se pueden mover y caen incluso de dos en dos y de tres en tres bajo sus golpes.

El zweihander es la espada más larga conocida. Alcanza con facilidad los ciento sesenta centímetros de longitud de la hoja, y hay incluso armas más grandes. En general, se considera que, extendida, ha de alcanzar entre la barbilla y la nariz del espadachín, con la punta en el suelo, de forma que este pueda "besar el pomo". Los primeros veinte centímetros de la hoja no tienen filo, y están separados de la parte que sí ha pasado por el esmeril por un doble tope. El esgrimista puede aferrar esta parte con una mano para lanzar estocadas parecidas a las de una lanza, que constituyen una parte esencial del arte de su empleo. La hoja siempre es de acero, y de buena calidad; se trata de un arma cara en la que se invierte un gran esfuerzo de trabajo. Pese a su gran tamaño, es sorprendentemente ligera, más de lo que pueda parecer, lo que le permite a su usuario moverla con rapidez en la lucha. Si fuese más lenta, resultaría inútil en un combate real.

Su peso y longitud también tienen sus contrapartidas. Sólo puede ser manejado con efectividad por un hombre alto (en el cuerpo de Carroburgo, se pide como mínimo un metro ochenta y cinco centímetros para ser aceptado), y con una fuerza considerable en el torso. Es prácticamente imposible parar de forma efectiva, y muchas veces un tajo que da en el vacío desequilibra al que empuña el arma y lo deja expuesto a un contraataque. Sin embargo, una vez que se domina su técnica, resulta un arma temible. Las maniobras con el zweihander combinan un estremecedor poder de impacto (puede cortarle a un hombre un miembro o atravesarle la cabeza con facilidad, y sus heridas son temibles) con una importante ventaja en cuanto a alcance. Su estilo de lucha no se parece al de otras armas a dos manos, como el martillo de guerra empleado por los templarios de Ulric o el más ligero que usa el culto de Sigmar. Un maestro en su empleo sabe combinar golpes de hoja con barridos, estocadas con fintas.


Por supuesto, Reiner Volk no está pensando ahora mismo en todo esto. Él ha aprendido a utilizar el espadón en los duros campamentos de los lansquenetes: con instructores brutales que lo obligaban a practicar con varas de plomo para acostumbrarlo al peso de la pica y la espada a dos manos. Sabe, porque lo ha aprendido a base de ensayo y error, cómo manejar su espada, y cómo parar o evitar los golpes de su enemigo.

En torno a él, el combate arreciaba. Por eso los caudillos no deben internarse en la lucha; los ciega, los ensordece. No pueden dar órdenes ni evaluar la situación. Sin embargo, el instinto de guerrero de Volk le decía que la lucha debía continuar. Cuando se hubiese ocupado de este, pasaría al que acosaba a Balbian y acabaría con él por la espalda. Y luego... Luego ya se vería.

-¡Matad! ¡Por Leitdorf! ¡Mataaad!-bramó, intentando hacerse oír por encima de los gritos de los moribundos

Iba a matar a aquel cabrón que tenía delante, haciendo caso de sus propias palabras. El muy cerdo lo había intentado empalar, ¿eh? Maldito cabrón. El lansquenete lo iba a matar a él. Los pensamientos de Volk se sumieron en el odio y ello era bueno, porque el odio impulsaba a la pelea y hacía olvidar el miedo. Volk estaba, o lo estaba una pequeña parte de él, aterrorizado. Vencía ese miedo convirtiéndolo en odio.

Hizo girar el espadón hacia la derecha, casi apoyándolo en su costado, y lo impulsó con todas sus fuerzas hacia el centro de gravedad del alabardero. Iba a realizar un barrido salvaje, aprovechando el peso y alcance de su arma, y esperaba que su enemigo intentase detenerlo. En ese caso, Volk alzaría su arma para dejarla caer de nuevo, en una rápida sucesión de golpes que su veteranía le permitía efectuar. Mantuvo los pies separados, para no "dejarse llevar" por el impulso de su golpe y ser arrastrado al suelo, y al mismo tiempo para poder retroceder con un ágil paso si el alabardero era más rápido y le lanzaba un golpe.

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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por Saratai » 26 Ago 2010, 13:55

21 de Destilario (Brauezeit) de 2527. Averheim.

El Consejero Leitdorf miró a Spenholf, confundido, mientras se dirigian a la Plenzerplaz escoltados por los diez ballesteros de alquiler, cargadas sus armas ante cualquier peligro que pudiera sucederle a su patrón. Lejos de alli, otros cien hombres de los Arcas Rojas se preparaban para las maniobras.

Consejero Leitdorf

-¿Y cual es tu plan, Spenholf? ¿Cómo vas a conseguir que te consideren una pieza clave? En serio, si me das una buena idea, la llevaremos a cabo, pero tienes que concretar algo, porque desde luego a mi no se me ocurre otra manera que no sea mediante la fuerza bruta, algo que detesto por cierto. Ojala Markus hubiera tomado otro camino para hacerse con el poder, otro camino menos sangriento.


Mientras Spenholf le contestaba, llegaron a una de las calles que circundaban la plaza, encontrando un espectaculo apocaliptico y dantesco. Decenas de personas corrian, huyendo de la Plenzerplazt gritando aterrorizadas. Muchos de ellos presentaban heridas, y fracturas, y algunos se agolpaban en el suelo para tratar sus heridas y tapar los cortes sufridos.

Los ballesteros crearon un circulo alrededor del Consejero, y avanzaron lentamente hacia la entrada de la plaza. El Consejero, asustado, y mostrando su verdadera naturaleza cobarde y temerosa, agacho la cabeza y le encomendó a Karl de que no se separara de ellos.

En la plaza, justo en el centro más alto, dieciocho alabarderos se defendian de las incontables hordas de manifestantes, pobremente armados pero alentados por el odio y la rabia acumulada durante años. Más abajo, en una de las esquinas de la plaza, un par de hombres combatian contra dos alabarderos, a los que Karl reconoció como Reiner Volk, el tuerto militar que habia estado a punto de ensartarle, y a Balbian, el joven campesino con el que habia hecho guardias. El Consejero Leitdorf también los reconoció, y animó a Karl a que fuera a ayudarles, mientras los Ballesteros apuntaban con sus armas. Los alabarderos estaban en lo más alto y suponian un buen objetivo. Con rapidos movimientos, las ballestas quedaron tensadas y los virotes se encararon a los soldados de élite, mientras estos machaban a sus adversarios.

Las alabardas bajaron, destrozando cuellos, hombros, craneos y caras. Un obrero perdió un ojo cuando una curva de acero destrozó su rostro partiendolo por la mitad, en corte diagonal. Otro quedó ensartado por la yugular cuando un alabardero clavó su arma en su cuello, y otros tantos perdieron dedos, manos y orejas, hasta uno pobre anciano armado con una espada recibió un impacto horizontal que le hizo saltar la mandibula inferior, sembrando de dientes las ensangrentadas escalintas por las que los asaltantes intentaban subir sin éxito. Dos de los hombres de Reiner perdieron la vida en aquel asalto (Biti, el viejo de Dachbach; y Mol, un campesino recio de Eining), asi como nueve de los ciudadanos que alli se encontraban. Siete ciudadanos más se percataron de que aquellos alabarderos eran demasiado peligrosos para ellos, y fueron bajando poco a poco, sin atreverse a atacar, asi como otros dos campesinos de Reiner. Esto hizo tambalear el ataque, pero aun asi, tres alabarderos cayeron ante las porras y cuchillos de los asaltantes, uno de ellos por el golpe de un granjero de Streissen, colapsados los soldados por la enorme multitud de cortes y heridas.

Una lluvia de proyectiles, afilados hierros sobre varas de madera, cayó sobre los soldados del ejército. Los Arcas Rojas habian entrado en acción, y no iban a fallar en su primera actuación. Ocho de los virotes se clavaron en sus adversarios, y dos fallaron, acabando con la vida de dos manifestantes. Los alabarderos, con sus fuertes armaduras, aguantaron los disparos a excepción de dos de ellos que dejaron caer sus armas y se precipitaron contra el suelo, repletos de decenas de cortes y heridas profundas. Ahora solo quedaban trece soldados de élite, luchando contra los dieciocho granjeros de Reiner, y contra treinta asustados y acobardados ciudadanos, que veian que por cada alabardero que caia, tres de los suyos moria o corria asustado. Los soldados, percatandose de este hecho, comenzaron a bajar de la plaza repleta de muertos de ambos bandos, atacando a todos los que se encontraban en su camino. Sabian que moririan si se quedaban ahi a aguantar los disparos de los ballesteros, y que su unica manera de salir con vida era acabar con los malditos tileanos que recien se habian unido a la sangrienta refriega.

Mientras, Reiner y Balbian seguian combatiendo por sus vidas, ajenos a la batalla principal. Tan solo se percataron de que habian nuevos soldados participando, y que los alabarderos se alejaban de su posición inicial, pero no el porque. Ni tiempo habia para averiguarlo, pues Balbian propinó un poderoso garrotazo a las piernas del alabardero, que casi perdió el equilibri, dolorido por los musculos heridos de gravedad. El alabardero iba a morir ahi mismo, ya era consciente, pero no permitiria que aquel muchacho fuera el que se lo llevara al infierno. Su enorme arma se clavó en el brazo de Balbian, produciendole un corte que rajó ropa y tejido cutaneo. Por suerte para el hijo de Streissen, se necesitaba algo mas que eso para matar a quien estaba acostumbrado a penurias diarias y a duros trabajos fisicos.

Al tiempo, Reiner comenzó a ejecutar un barrido para poner fin a su enfrentamiento, pero fue fácilmente evitado por su enemigo, que incluso pudo esbozar una ligera sonrisa. Sin embargo, una vez el zweihander del lansquenete habia terminado su trayectoria golpeando al aire, volvió a dirigirse veloz como solo un experto veterano podia manejarlo, en dirección al alabardero. Este, que ya se habia preparado para lanzar su brutal golpe, no estaba preparado para recibir un segundo ataque, y recibió el impacto de lleno en las costillas. Sin embargo, la fuerza de Reiner no fue suficiente para atravesar la dura coraza del soldado, habiendo chocado el espadón con el asta de la alabarda. Aprovechando que el zweihander habia parado su trayectoria en su costado, el soldado arremetió con fuerza, primero con un golpe rápido de asta, para atravesar la cara de Reiner con una picada veloz, y después, bajada la guardia, dando la vuelta al arma y descargando todo su peso en un impacto de 180º. Reiner no pudo evitar el primer golpe, y el arma le rajó la mejilla y parte de la nariz, dejandola insensible para el veterano, que comenzó a chorrear sangre por las numerosas cabidades sanguineas rotas. El segundo golpe, ya herido el veterano, volvió a acertar en el lansquenete, destrozando su hombro y manchando sus bellas ropas de sangre, perdiendo el sombrero entre los bruscos movimientos. La malla de Reiner saltó en pedazos cuando el alabardero retiró su arma, riendo entre dientes y confiado en que aquel bastardo emplumado no era rival para un veterano como él.

Aquel alabaredro o era muy bueno, o al menos habia tenido mucha suerte, pero fuera como fuera más le valia a Reiner recibir ayuda o destrozarle al siguiente embite si no queria morir como otro de los muchos ciudadanos muertos en la refriega, ensartado en una maldita alabarda como un vulgar revolucionario. La lucha se resolveria en el proximo minuto, ya fuera para victoria de los soldados o para triunfo de la revolución Leitdorf.



FDI: Uy, ahora la suerte no ha estado de tu lado, Reiner. El primer ataque ha fallado con un 67 y el segundo, acertado con un 32. Le has hecho tres heridas, que junto a con sus heridas anteriores se queda en 7. Sin embargo, él a acertado sus dos ataques, (fallando tu una esquiva con 39), haciendote en el primer ataque 8 heridas en la cara, y en el segundo 5 en el hombro, quedandote a 0 Heridas y con un critico de +1, saliendo el resultado 4 de Criticos en el Cuerpo. Ahora tu armadura en el cuerpo esta dañada y pierde un punto de efectividad hasta que la repares. Piensa en tu próxima acción que no tienes PD, y que mas vale acabar cuanto antes ese combate.

Spenholf, tu podrias llegar en una carga hasta donde se encuentran Reiner y Balbian a unos diez-veinte metros de ti, eligiendo a cualquiera de los dos para ayudarles. Asi mismo puedes intentar frenar el avance de los trece alabarderos que se dirigen hacia los ballesteros lentamente, encontrandose a unos treinta-cuarenta metros. También puedes salir por patas de alli, pero eso tendria otras consecuencias. A ti te quedan tambien 0 heridas como a Reiner, y un penalizador de -10 a Ha, pero sigues teniendo 2 PD
y dos puntos de suerte sin gastar.

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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por kurgan » 26 Ago 2010, 14:50

Reiner Volk

El ojo, pensó el lansquenete cuando el golpe del alabardero le destrozó la cara. El ojo. No veo nada.

No sintió un dolor mayor cuando el arma volvió a caer para enterrarse en la carne de su hombro. Trozos de anillas de malla se incrustaron en el músculo, y el borde de la alabarda le abrió la piel y agrandó la herida, rajando y destrozando, cuando su dueño tiró hacia sí. Pero Reiner tan solo temía por el ojo.

Parpadeó. Parpadeó frenéticamente.

Veía. Sólo era sangre. Gracias a Ulric, gracias a Ulric. No estoy ciego.

Luego, pasado el shock, instantáneamente (esto ocurrió en cuestión de décimas de segundo), vino el dolor. Una ola roja y caliente que le hacía palpitar la carne sajada y le mareaba. El sombrero salió volando, a una velocidad tan extraña... La velocidad a la que transcurren las cosas en el medio del combate. Iba tan despacio que parecía que nunca llegaría al suelo. Pero llegó, y sobre él, aleteaban las plumas que lo habían adornado.

Volk retrocedió un medio paso, componiendo la guardia Pflug, con el arma encima de la cabeza.

Reiner sabía que estaba a punto de morir, de reunirse con la multitud de cadáveres que cubrían el suelo de la plaza. ¿Qué pasaría después de la muerte? ¿Era como dormir, o quizás volvería a nacer con otra cara y en otro país, quizás en la gran nación de Catai o entre los salvajes de las Tierras del Sur? ¿Aletearía su alma para siempre en los oscuros jardines de Morr? La humanidad había propuesto mil respuestas a esta pregunta, y ninguna era satisfactoria. Quizás fuesen ciertas las historias que había escuchado en Middenheim, entre seguidores de dioses del Norte. Tor o Khar o alguno de esos. Cuando caían en combate, iban a un salón de fiesta eterna, en el que se alternaban festines con terribles combates en los que nadie moría pasa siempre. Volk siempre pensó que sería una buena vida de ultratumba para un guerrero, aunque en el fondo de su corazón, nunca creyó en eso.

Sopesó sus opciones, a más velocidad de la que tarda el lector en leerlo. Los pies, asentados entre tripas y sangre, giraron sobre sí, a medida que la guardia Pflug se transformaba en una acometida feroz hacia delante.

Si iba a morir, se iba a llevar a ese cerdo con él.

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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por Nimref » 26 Ago 2010, 15:59

Karl van Spenholf

Mientras se iban acercando a la plaza, Karl explico su plan al consejero.

Si de algún modo, mediante gritos de preocupacion ante mi temeridad, o incluso si consigo una capa o algo de ropa decente... podríamos hacerles creer que soy alguien importante, no se si me explico -dijo, gesticulando con su mano ante el atónito consejero- La cosa del plan es que lleguen a pensar que soy alguien lo suficientemente importante como para que desvíen su atención a mi... un pez gordo, ya sabe... alguien tipo un general importante, alguien con muuuucha información... -de pronto calló, comprendiendo algo que podía ser muy útil y mirando directamente al consejero- O usted mismo...

El reo intentó atisbar la reacción del consejero en su rostro, pero estaba lo suficientemente malherido como para no pensar demasiado en el efecto que causaban sus palabras. De pronto, irrumpieron en la plaza, donde un combate entre los revolucionarios y las tropas del gobierno tenía lugar. Vio al tuerto que el día anterior ¿o tal vez había pasado más? había discutido con él mismo, y vio que se encontraba en apuros.

Ese hijo de perra tiene que hacer algo... pero para ello necesita un empujoncito

Herr consejero, que no le vea el enemigo -dijo, agachándolo- Iré a ayudar al tuerto y volveré aquí, a proseguir con el plan, pero al menos necesito algo de su ropa para que me identifiquen ya como el consejero, ¿entiende?

Tras tomar algo que lo hiciera reconocible como el consejero Leitdorf, desenvainó su espada y se lanzó a la carga contra ese suertudo alabardero.

¡Eh, cabronazo! ¡Saluda a Sven Uliah y los otros! -le gritó, rememorando otras víctimas suyas de la Prisión...

FDI: si me puede dar algo de ropa antes de la carga y me da tiempo de ponérmelo, perfecto... no obstante, mi principal objetivo es cargar contra el alabardero de Reiner
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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por Saratai » 27 Ago 2010, 17:58

21 de Destilario (Brauezeit) de 2527. Averheim.

Los virotes de las ballestas volaron a toda velocidad, clavandose en ojos, rodillas y torsos, penetrando cuero y piel y creando más muertos y heridos a las decenas que se amontonaban en la plaza, presa de la sangre y la violencia. Pero entre todo aquel monstruoso sinsentido, dos voces se alzaban encima de las demás. Las voces de Karl van Spenholf y el Consejero Leitdorf.

Consejero Leitdorf

-¿¿¿Crees, en un momento como éste,-
gritó el consejero, hecho un ovillo de miedo y confusión entre los ballesteros que le defendian -que porque yo te de un maldito sombrero de colores, van a dejar de matar a nuestros hombres y creer que eres tú, el último que llega a esta horrible carniceria, el arquitecto de toda la revolución??? ¿¿¿Pero de dónde coño has salido, Spenholf???

El Consejero estaba dispuesto a seguir gritandole a su extravagante ratero a sueldo, justo cuando, aterrorizado, vió como los alabarderos (nada contentos tras haber recibido la lluvia de virotes de los cobardes mercenarios) se dirigian hacia su posición. Agachado, pidió a uno de sus guardaespaldas que se lo llevara de alli, y el sargento de la banda de ballesteros permitió a dos de sus hombres llevarse al jefe de paga lejos de la plaza, algo que estos hicieron con bastante rapidez y felicidad.

Mientras tanto, Spenholf consideró adecuado atacar al alabardero que estaba a punto de matar al tuerto lansquenete. Reiner no era santo de devoción para el ex-convicto, pero seguia siendo lo más parecido a un amigo que Karl tenia fuera de la Prisión de Almas. Al tiempo que se lanzaba rápidamente contra su adversario, herido como estaba, los alabarderos continuaron su lenta pero inexorable marcha hacia los ballesteros mercenarios que cargaban sus armas a toda prisa, conscientes de que tan solo tendrian tiempo para disparar una vez más antes de que los soldados se abalanzaran contra ellos.

-¡Paso firme, joder!

-Nos están destrozando, señor...

-¡¡¡Como si veis a vuestra madre comiendo pollas de obreros, formación de rueda y marcha de a tres!!!


Los alabareros habian abandonado su posición, y ahora estaban recibiendo los golpes de decenas de piedras, lanzadas habilmente por los granjeros de Reiner, que con sus aullidos tapaban los gritos en busca de auxilio de los heridos. En una esquina, un chaval intentaba recomponerse las tripas tras haber sido atravesado por una pica, en el suelo, un hombre con una brecha en la cabeza soltaba espuma por la boca, y en mitad de la plaza un obrero recogia su mano con la mirada perdida, perdida la consciencia del tiempo y el espacio. Una piedra voló hasta clavarse en el ojo de uno de los soldados, que soltó su alabarda y cayó con las manos en el rostro, de rodillas, sobre el suelo pavimentado de la plaza, justo cuando acaban de ponerse en movimiento. Otro que habia perdido su casco recibió una fuerte pedrada en la nuca, perdiendo al instante la consciencia y cayendo de lado, teniendo un compañero que sujetarle para que no cayera de bruces sobre el suelo. Uno de los alabarderos, al ver morir a un gran amigo suyo, dejó la formación y corrió hasta llegar a uno de los granjeros, cogiendole por el cuello y machacandole la cabeza con una hoja afilada, clavandosela luego en el corazón hasta el fondo y separandose luego de el con una patada.

-¡Hijo de puta, hijo de puta, maldito hijo de puta!- exclamaba el soldado mientras caia a llorar, impotente, al tiempo que los pocos ciudadanos que no habian huido lo mataban a najazos en pecho y cuello.

En breves, los diez soldados restantes caerian sobre los ballesteros, que ya habian cargado y se preparaban para una última tanda de disparos. Los alabarderos se habrian rendido seguro, pero el odio con el que habian sido atacados les aseguraba que no saldrian vivos de alli de ninguna de las maneras, y se limitaban a morir matando, con honor, como un buen soldado. Siete cabezas fueron partidas mientras llegaban cerca de los ballesteros, abandonando los ciudadanos todo animo de lucha cuerpo a cuerpo con aquellos hombres acorazados, y dejandoles el resto a los profesionales tileanos. Mientras, Rodrik apareció por una de las callejuelas, notablemente herido y acompañado por solo dos de sus hombres. Reiner podria haberlo visto, pero estaba ocupado en otros terminos más importantes.

El dolor se encontraba presente en cada parte del cuerpo de Reiner, a pesar de que solo habia sido herido en una mejilla y en el hombro derecho. Su enemigo, con un hilo de sangre en el costado, parecia seguro de si mismo, habiendo herido de gravedad al tuerto lansquenete y confiado en que la batalla estaba por terminar.

-Despidete, tuerto. Hemos perdido esta pelea pero tu no vivirás para disfrutar de la victoria.


El alabardero se dispuso a acabar con aquel duelo de una vez por todas, adoptando una posición de ataque para empalar al mercenario al servicio de los Leitdorf. Ya habia comenzado a cargar, cuando de pronto, desde su espalda. Karl apareció como un mendigo loco, aullando con la camisa sucia y rota llena de sangre, y la expresión de ira demencial que solo un reo puede tener. El alabardero tuvo el tiempo justo para girar la vista y verlo caer sobre su espalda baja (la técnica favorita del ex-convicto) lanzando una mortal estocada que...

...Cruzó el aire, cortando oxigeno y polvo, a escasos centimetros del soldado,pues la herida de Karl se abrió en el peor momento de tensión y sus músculos se encogerion a destiempo. El alaberdor sonrió, pensando que solo habia sido un intento idiota, y que daria buena cuenta de aquel mequetrefe revolucionario al acabar con el moribundo tuerto. Sin embargo, aquel contratiempo dió una oportunidad a Reiner para salir vivo de alli, pues pudo atacar al alabardero antes de que este rectificara su golpe. Con la guardia aun colocada, lanzó un golpe recto hacia la cabeza del soldado, rozando su casco pero que el experto soldado evitó en el último momento. Toda esperanza parecia perdida, pero el mercenario sabia que aun podia lanzar un tajo descendente desde aquella posición, apoyado por el ex-convicto que hostigaba en la espalda del soldado.

¡Y por fin el esperado golpe dió lugar! Solo que no con la dureza esperada con el mercenario. El zweihander se desplazó hasta la pierna del soldado, cercenando la malla y la piel de su apoyo, y forzandole a rectificar su posición. Por primera vez en el duelo, el alaberdero estaba en desventaja, y sintió miedo por su vida, pero eso no le restaria impetu en su golpe. Una lanzada, la más rápida que Reiner habia visto nunca, se lanzó con fuerza desorbitada a su torso. Pero Ranald debia encontrarse presente cuando de un salto hacia atrás, Reiner pudo instintivamente apartarse de la trayectoria tan rápido como el soldado la habia lanzado. Debian ser los últimos momentos de su vida que le impulsaban a luchar cada segundo y cada centimetro de terreno los que le impulsaban a seguir, al igual que el alabardero que comprendió que con el ex-convicto a su espalda no podria vencer al experto lansquenete.

Dando un rápido giro hacia atrás, el soldado descargó su alabarda horizontalmente en dirección al cuello de Karl, buscando arrebatarle la vida y la posición de un solo golpe. Sin embargo, el pánico impidió que el soldado llevara a cabo su acción, trastabillando y perdiendo el equilibrio el tiempo justo para fallar el golpe. A su lado, Balbian acometia salvajemente a su rival, golpeandole repetidamente con el garrote en los brazos con los que sujetaba el asta. Este, amilanado por sus heridas y la ferocidad del rival, erró cada uno de sus golpes, cargandose de rabia por no poder aniquilar a un simple muchacho armado con un triste palo. Viendo la situación a su alrededor, el alaberdero que luchaba contra Balbian decidió que el momento de una retirada estrategica habia llegado, y que al contrario que los diez camaradas que se enfrentaban a campesinos y ballesteros, el sí que tenia la opción de volver vivo a casa. Con un rápido y brusco giro, salió a toda velocidad lejos del combate, siendo alcanzado por Balbian en su huida pero sufriendo un golpe en la espalda que no llego a incapacitarle por escasos centimetros de la columna vertebral. El joven Balbian dudó entonces si perseguirle hasta la muerte, o auxiliar a Reiner y Karl, que se encontraban al borde de la muerte.


FDI: Joder, que mala suerte habeis tenido todos. Ni el alabardero ni vosotros habeis conseguido hacer nada digno de mención. Karl, tu fallas tu tirada con un 44 despues de haber repetido la primera con un 76 (recuerda el penalizador que tenias por la herida del carnicero, la proxima vez sube tu HA), y Reiner, tu fallas la primera tirada con un 89, y la segunda la aciertas con un 32, que el falla al esquivar con un 65. Sin embargo, solo consigues hacer 11 puntos de daño, que se quedan en 4 heridas, y lo dejan a el herido grave, con 3 heridas al borde del colapso. El soldado ataca entonces, acertando el primer golpe con un 03, que Reiner esquiva con un 04. Su segundo ataque queda en ascuas, con un 63 y Karl no llega a necesitar esquivarlo.

Ahora, dependiendo de lo que hagais, Balbian os ira a ayudar o no. Los campesinos, por cierto, no han llegado a oiros pidiendo auxilio, y han continuado golpeando y mermando al nucleo duro de alabarderos.

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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por kurgan » 27 Ago 2010, 20:36

Reiner Volk

Con sólo un ojo y concentrado en el combate, Volk apenas era capaz de interpretar el curso de la batalla. Esquivando un alabardazo vio volar los virotes, y escuchó los gritos de dolor de los hombres cuando los proyectiles se incrustaban en su carne. Retrocediendo medio paso para tomar el impulso necesario para un contraataque, se dio cuenta de que el enemigo avanzaba. ¡Avanzaba! Sobre los cadáveres de sus hombres, que se batían en retirada. Diablos, tenía que acabar con aquel mamón de una vez. Si no lo hacía ahora, se perdería el combate. Y también tenía que sobrevivir, claro, pero por algún motivo, no dudaba de que algo pasaría.

Un golpe hizo brotar la sangre, pero los brazos de Reiner parecían estar perdiendo su fuerza, y la armadura era resistente. El hombre no cayó.

El filo del arma de asta le pasó a escasos centímetros de la cara, pero el lansquenete no le prestó atención mientras se preparaba para un segundo golpe. Un loco berreante-dioses, ¿era el estúpido presidiario que el consejero había tomado como criado personal?-vino a asistirlo, corriendo hacia la espalda del alabardero. Bien, si le salvaba la vida, Volk estaría contento de acogerlo en el bando Leitdorf como integrante de pleno derecho.

Volk, con la garganta seca, graznó:

-¡Leitdorf!

Para llamar la atención de sus hombres, hacer ver que seguía peleando. Y luego, al alabardero, sonriendo con la cara transformada en una máscara de muerte:

-No te vamos a enterrar, cerdo.

Chispas saltaron cuando ambas armas de besaron.

-No vas a tener tumba.

El ataque de Volk erró su objetivo. Ahora su enemigo tomó impulso para lanzar un contraataque.

Volk se había visto en situaciones tan apuradas como aquella, o más, anteriormente. La última vez que había combatido con alabarda, antes de perder el ojo y ganarse el botín suficiente para comprar a Eirfolgreich, había estado a punto de morir. Un aullante fanático de los dioses oscuros le arrancó el ojo con sus dedos, mientras rodaban en la hierba apelmazada de sangre. Y fue la alabarda de un compañero muerto en esa misma batalla la que, enterrándose en la columna vertebral del bárbaro, le salvó la vida. Era una ironía que un arma similar estuviese a punto de enviarlo al más allá, pero Volk no estaba en condiciones de apreciarla. El estallido de un cañón, en otra ocasión, lo dejó encamado durante una semana, y si no hubiese sido por aquella sacerdotisa de Shallya... El dolor podría haberlo vuelto loco. Ahora, como aquellas veces, no pensó en su madre ni en su padre, no recordó su aldea natal ni a sus hermanos, ni a ninguna de las furcias que habían plagado su relación con el género femenino. Recordó a Ulric.

El lansquenete no era un hombre religioso, ni por tal se tenía. No asistía a los servicios, ni realizaba ofrendas con regularidad. No se cargaba con talismanes de la buena suerte, como la mayoría de sus compañeros soldados. Pero en el momento del combate, sentía la comunión con el dios.

La alabarda descendió, a una velocidad endiablada, ansiosa de enterrarse en el cráneo de Reiner. Y este la vio bajar, implacable, sobre su ya maltrecha faz. Y dio un corto paso atrás.

La hoja le pasó rozando, y por alguna extraña casualidad, quedando de tal forma que tapaba toda su visión monocular, tan cerca que Volk vio su rostro reflejado en el acero y en la sangre y deformado por ellos. Y supo que Ulric lo había visto desde su trono de invierno, y estaba orgulloso de él. No le había ayudadado; sólo le contemplaba y veía si merecía un día más de vida. Su sangre, mil antepasados guerreros y campesinos, aullaron de júbilo. Mientras, el soldado rotó sobre sí mismo y también erró a su aliado. Volk se dispuso a acabar con el combate.

En su mente repetía de nuevo la vieja letanía, la susurraba entre dientes mientras variaba la posición de su arma para la guardia de Alber, una de las cuatro posibles en el combate con espadas a dos manos. Alber era la guardia más baja, la "guardia del tonto", con las piernas estiradas, la derecha adelantada, y el espadón aferrado con ambas manos a la altura de la cintura. Volk gustaba mucho de aquella posición; su variante personal, que había desconcertado a más de un oponente, consistía en fintar una estocada fallida dirigida a la pierna, e invertir el movimiento para transformarla en un tajo horizontal. Sin embargo, ahora no había tiempo para sutilezas; con toda la fuerza de la que fue capaz, se lanzó hacia delante, planeando una estocada y luego un tajo de abajo arriba que, confiaba, darían por terminada la pelea.

"no dejes que mi brazo flaquee
no dejes que mi espada tiemble
mi voluntad flaquee
dame la victoria"

Vamos, Ulric, pensó. No me falles ahora.

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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por Nimref » 28 Ago 2010, 12:25

Karl van Spenholf

El alabardero seguía manteniendo a raya tanto al reo como al veterano, y parecía que la batalla se iba tornando en favor de los leales a los Alptraum. Entonces, Karl pensó que había llegado la hora de dar un último empujón y, o conseguir el objetivo, o caer en el intento.

Todo esto es lo único que he hecho desde que he salido de la Prisión, así que... así que lo daré todo

Levantó la voz todo lo que pudo para que todo la gente que había en la plaza pudiera escucharlo perfectamente y señaló al consejero.

¡Consejero! ¡Dígale al conde Leitdorf que el general von Hegel -decía al tiempo que se señalaba a sí mismo, intentando captar la atención tanto de sus aliados como de sus rivales- le exije y le pide que traiga a los grandiosos ejércitos leales en esta dirección!

Esperaba que el consejero hubiera entendido su plan, y, si lo había entendido, actuaría en consonancia, al menos poniéndose a salvo, o marchándose, para que todo pareciera coherente.

¡Averlandeses! ¡El que siga vivo cuando Leitdorf y el ejército llegue recibirá una cuantiosa cifra de coronas por cada puto alabardero que se haya llevado por delante! ¡Os lo promete von Hegel! -dijo a los rebeldes, al tiempo que levantaba la espada, en señal de ánimo y de victoria.

Ahora tú... pensó mientras miraba al tuerto y al alabardero.

Preparó un buen ataque, y no se lo pensó dos veces, mataría a ese cabrón.

FDI: mi acción va a ser apuntar y atacar. Si las frases son demasiado largas, solo atacaré
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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por Saratai » 28 Ago 2010, 14:51

21 de Destilario (Brauezeit) de 2527. Averheim.

Una ráfaga de viento cruzó la Plenzerplazt, levantando suciedad y polvo del suelo. En una esquina de la plaza, lejos del combate principal que se llevaba a cabo, dos alabarderos luchaban por su vida. Uno de ellos habia huido de un pobre campesino, cuya fortuna le habia hecho vencer en un duelo vida a muerte. A escasos metros de él, el ilustre general von Hegel, como habia decidido autoproclamarse Karl, gritaba y alzaba dando ordenes, incluso mandando al Consejero Leitdorf huir de la plaza.

Y como por arte de magia el Consejero obedeció a von Hegel, huyendo con el rabo entre las piernas junto a dos mercenarios, evitando la confrontación con los diez alabarderos que impasibles se dirigian a su posición.

Pero von Hegel tenia problemas más importantes que ser obedecido o no por sus subditos, puesto que frente a él, un especialista en armas de asta se preparaba para acabar la faena contra sus dos enemigos, Karl y el lansquenete tuerto. Los dos habian demostrado ser igual de dificiles de matar, ya fuera por suerte o habilidad, y el alabardero no podia perder más el tiempo. Cambiando de postura de combate, usó su arma como lanza, demostrando gran habilidad en su uso. Se decantó por golpes ligeros y rapidos, de poca profundidad. Tal estilo evitaria que aquellos bastardos revolucionarios evadieran sus golpes, y dadas las heridas que ambos sufrian, un solo toque bastaria para mandarlos al mismo infierno.

-¿Creias que yo te iba a enterrar? Tu calavera adornará mi uniforme, perro...-
contestó el alabardero a la provocación de Reiner, mientras media sus fuerzas con el enemigo. Si Reiner o Karl siquiera hubieran pedido ayuda, algún campesino de Streissen habria acudido al auxilio. Pero al verles luchar dos contra uno, y teniendo Reiner la fama de experto soldado que tenia, nadie consideró necesario acudir al rescate. Y eso podia suponer la diferencia entre la vida y la muerte en una batalla.

Fue el tuerto quien tomó la iniciativa en esta ocasión, golpeando con el zweihander a las piernas de su rival, para después alzar su espada hacia arriba y acabar con el trabajo. Si fallaba, todo parecia indicar que el soldado no le daria otra oportunidad, asi que más le valia al lansquenete ser certero y que la suerte estuviera de su lado. Alzando una plegaria a Ulric, tomó ventaja y descargó el peso de su enorme hoja hacia abajo, contando con el apoyo de Karl en la tarea, el cual estorbaba por detrás al soldado. El golpe se dirigió con enorme fuerza a las rodillas del testarudo alabardero, pero cayeron justo entre ellas, sin llegar a rozar si quiera el uniforme. Desde aquella posición, elevó la pesada hoja hacia arriba, buscando la ingle del barbudo soldado, pero de nuevo la hoja erró su movimiento.

Reiner comenzaba a sentir el cansancio mientras el soldado sonreia, llamandolo patán entre dientes. Consciente de que el extrafalario carcelario que tenia a su espalda no tardaria en atacar, el alabardero lanzó un corto y rápido golpe directo al pecho herido de Karl, para no dejarle oportunidad de golpear siquiera, considerando a Reiner un viejo y cansado mercenario de segunda. Y su táctica fue buena, pues aunque no habia descargado la pesada hoja de la alabarda, la pica interior del arma fue suficientemente rápida como para que Spenholf no pudiera evitarla, y esta se dirigió de lleno al ya sangrante de Karl. Pero, en el último momento, Karl se apartó del trayectoria. No consiguió evitar el golpe, pero si que este no fuera en el pecho. En su lugar, la lanza perforó el testiculo izquierdo del ex-convicto, reventandolo y destrozando de dolor al reo, quedando este sin aliento.

-Asi que tu eras el dirigiente... Mal momento para darte a conocer-
espetó el soldado mientras Spenholf caia al suelo entre tripas y restos humanos. El golpe no habia sido mortal, pero las heridas y cansancio que habia soportado Karl eran más que suficiente para mandarlo a morder el polvo y dejarlo fuera de combate.

Ahora solo quedas tu, lansquenete de mierda pensó el alaberdero mientras se encaraba al único combatiente que le quedaba. Una vez matara a Reiner, no tendria que preocuparse por algo que no fuera correr y salir de alli. Pronto, pronto habre acabado.

El soldado se movió a la derecha, diagonalmente, amagando tres veces antes de golpear definitivamente hacia el hombro herido de Reiner, donde sabia que su golpe haria más daño, consciente de lo débil de la armadura. Sin embargo, su golpe se fue a la dirección equivocada, golpeando en la cara del lansquenete en lugar de en la armadura. Y de nuevo, por reflejo, Reiner volvió a retirar la cara justo en el momento adecuado. Maldiciendose a si mismo, el soldado volvió a su posición. Ahora volvia a ser uno contra uno, y no tenia dudas de que acabaria con aquel mercenario sin principios.

Esta vez el alabardero tomó ventaja, y golpeó con agilidad el cuerpo de Reiner, a base de otra corta lanzada a las piernas. La primera falló por escasos centimetros, y la segunda, dada la velocidad del ataque, se desvió hasta el pecho, donde Reiner no pudo evitarla y el hierro se clavó justo en la herida pulmonar del tuerto veterano.

Reiner habia muerto.

Caido en un charcho de su propia sangre, el lansquenete habia dejado de respirar por el golpe recibido, mientras el alabardero se carcajeaba, viendo a sus dos enemigos tirados en el suelo.

-¡¡¡Sigmar, gracias!!! Jajajaja, oh dioses, que miedo he pasado. Ahora vamos a cortarle la cabeza a este bastardo...- se dijo a si mismo el soldado, viendo a sus dos enemigos pasto del suelo, muertos por su hazaña individual, de la cual Kain habria estado orgulloso.

Mientras tanto, Balbian, que habia escogido perseguir a su enemigo, le habia dado caza metros mas allá y machacaba su craneo contra el suelo salvajemente, asegurandose que no llamaria a más refuerzos, al tiempo que los campesinos machaban a pedradas a los diez alabarderos que se lanzarian contra los ballesteros. De pronto, una lluvia de proyectiles, compuesta por virotes y piedras, tronó abrumadora sobre los soldados. Un virote se clavó en el pecho de un soldado, aullando este de dolor con las manos en la herida. Otro atravesó de lado a lado el codo de un alabardero más, dejando caer este la alabarda. Los ocho restantes tuvieron que soportar más pedradas, y hasta el ataque de tres granjeros. Estos acuchillaron a uno más, y las piedras reventarón un cuarto craneo, quedando tan solo seis de los poderosos guerreros que atacaron a los ballesteros. Estos, sin armas de corta distancia con las que defenderse, cayeron como moscas ante los gravemente heridos pero furiosos soldados. Un ballestero recibió la pesada hoja de alabarda en el cuello, siendo cercenada su yugalar. Otro recibió un corte a la altura de la pantorilla, cayendo al suelo inmediatamente donde su hueso se partió y la carne quedó atravesada por su propia protuberancia osea. El resto de ballesteros gritaron asustados mientras los soldados descargaban su rabia contra ellos, clavando en el suelo a dos mercenarios más, disfrutando locos de ira de la muerte sangrienta que habian de recibir. Otro soldado cayó presa de un colapso nervioso, y un segundo presa de los granjeros. Otro comenzó a desangrarse cuando los hijos de Streissen cargaron en masa para salvar a los pocos ballesteros que quedaban, perdiendo la vida algunos de ellos en el proceso.


El alabardero que se habia agachado para cortar la cabeza de Reiner quedó petrificado ante la brutal escena. No tenia tiempo de salir de alli y llevarse su trofeo, por lo que decidió rematarlos rapidamente y huir. Pero justo cuando habia apoyado la lanza sobre el moribundo pecho del tuerto lansquenete, Karl se incorporó, sacando fuerzas de flaqueza, y sujetando con una mano sus partes pudendas, gravemente heridas, lanzó un postrero tajo al soldado, marcandole la cara a la altura de la mejilla derecha.

-¿¡Esque no puedes morir?!- exclamó el ahora asustado alabardero, y comprobando que los campesinos habian vencido finalmente al tercero de alabarderos tras una marea de sangre, capturando a dos hombres con vida, soltó su arma con despreció y corrió como nunca habia hecho, no sin antes presentarse a Karl. -Me llamo Nulding... ¡No olvides mi nombre, escoria!- dijo antes de marcharse.

Karl, sin poder correr dada la gravedad de su herida, se agachó junto a Reiner, que habia perdido mucha sangre. Le cubrió en su propia camisa, y sujetandole la cabeza con las manos, taponó la hemorragia lo mejor que pudo, presionando el pecho y sujetando el debil cuerpo del moribundo mercenario. No era un médico, pero habia visto muchas heridas en su vida, y al menos evitaria la muerte de su compañero. Sin duda, su descomunal esfuerzo le habia salvado la vida al lansquenete, casi a costa de la suya.

Fue encontes cuando, por una de las calles, Rodrik, acompañado tan solo por uno de sus hombres llegó a la ya tomada plaza por el bando revolucionario, gravemente herido, pero con una desconcertante sonrisa en el rostro.



FDI: Habeis vuelto a tener mala suerte estos dos turnos, pero al menos seguis vivos. Reiner falló sus dos primeras tiradas (59 y 71), a pesar de haber ganado la iniciativa. Después, el alabardero consiguio golpear miserablemente a Karl con un 42, que no pudo esquivar, y le hizo un critico no-letal, que le machacó las pelotas considerablemente y dejó K.O. Después, el alabardero acertó a Reiner con un 34, pero este pudo esquivar con 10.

En el siguiente turno, el alabardero ganó la iniciativa, y aunque falló la primera lanzada (97), acertó la segunda con un 41 y Reiner falló la esquiva con un 47, recibiendo un critico de 7 en el pecho, y muriendo al segundo turno desangrado. Y fue aqui donde entró en acción Karl. Gastando un PD para salvar a Reiner, consiguió tomar consciencia para asustar al soldado, que veia que su bando ya habia perdido y no queria perder ni un segundo, y consiguió taponarle la herida al lansquenete.

Vamos, que en defintiva kurgan, nimref te ha salvado la vida a costa de perder uno de sus PD, que el no necesitaba gastar para salvarse. (Ese acto desinteresado no tendrá recompensa porque soy un master cabrón, pero que sepas nimref que estoy emocionado por lo que has hecho).

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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por kurgan » 28 Ago 2010, 17:41

Reiner Volk

Ulric estaba con él...

¡Y una mierda! La espada de Volk cortaba el aire, y sólo conque acertara una vez, podría acabar el combate. Pero ni una vez acertó. A veces eran los cansados brazos del lansquenete los que erraban su objetivo, a veces el alabardero conseguía apartarse en el último segundo, pero el resultado era el mismo: sin alcanzar al soldado, Volk no podría salir del peligro de muerte que era aquel cuerpo a cuerpo. Ni la presencia del presidiario, que lanzaba golpes torpes por su inexperiencia y heridas, conseguían marcar la diferencia.

Por la mente de Reiner habían pasado varias opciones. Dirigir el plano de su espada hacia la sien acorazada del soldado, con el ánimo de dejarlo inconsciente. Hostigarlo para hacerlo retroceder hasta algún cadáver, buscando que tropezase y quedase expuesto al golpe mortal. Fintar y atacar para matarlo inexorablemente. Pero ninguna de esas cosas hizo, y se limitó a lanzar avalancha tras avalancha de golpes inútiles. El soldado tenía la misma táctica, sin preocuparse por cubrirse o defenderse confiaba en su agilidad y su armadura, y desencadenaba sobre sus dos enemigos una tormenta de rápidas estocadas con la punta de su arma.

Con un sonido de succión que conmovió las tripas de Volk, el acero penetró en la entrepierna del preso. Aj, pensó el lansquenete. Eso le debía de haber dolido hasta al soldado que había dado el golpe. Spenholf se dobló sobre sí mismo y se derrumbó, presa del dolor... Y el lansquenete se preparó para encauzar el golpe definitivo de una vez.

Pero su oponente fue más rápido esta vez, y estocó mientras Volk se preparaba. La armadura, que ya se había abierto cuando el Alptraum desencadenara un feroz tajo, no pudo detener la punta de lanza de la alabarda. Preparado para dar un golpe, Volk vio una asta entrar rápidamente en el cuerpo y tintarse de sangre.

El suelo se levantó y lo golpeó en la nuca. Vagamente, fue consciente de que, a su alrededor, la batalla se ganaba. Sus hombres acuchillaban a los últimos alabarderos. Balbian, a pocos metros, hacía pulpa un cráneo. Arriba, indiferente, el sol brillaba. Volk ni siquiera sentía dolor, y se dio cuenta de que la muerte era buena, mientras el alabardero le ponía el pie encima. La muerte no dolía, no había odio en ella, ni más...

El metal brilló y las palabras hirieron los oídos del lansquenete, crueles y furibundas. Al soldado le habían dado un buen combate, matado a sus compañeros. No habría piedad. Volk volvió en sí, y durante un instante de lucidez se dio cuenta de que iba a desaparecer para siempre de la faz del mundo, que nada le quedaba de vida, que su alma lo abandonaría y que sería un cuerpo tirado en una calle, entre tantos.

Y entonces ocurrió un milagro. No lo mataron, sino que unas manos atentas y sucias le taponaron la hemorragia como mejor pudieron. El dolor volvió, la sangre llenaba su boca. Volk escupió las palabras.

-Llama... Llama a Rodrik. Llama a... Bal-bian.


Soltó un gorgojo de sangre. Su bonito uniforme era carmesí.

-No me deis la vuel... ta.

Tenía miedo de que los pulmones se le encharcasen de sangre.

Les pediría que lo sacasen de allí. Tenía que ver a un galeno. Tenía que sobrevivir. Y tenía que vengarse.

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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por Nimref » 29 Ago 2010, 18:29

Karl van Spenholf

Todo marchaba perfectamente: su plan había funcionado y el consejero corría a mantenerse seguro mientras los revolucionarios atacaban a los alabarderos, que, avanzando lentamente, atacaron a los ballesteros antes de morir bajo la furia campesina.

Karl estaba contento: puede que todo eso hubiera sido, en parte, por sus frases de ánimo y, como no, por el carisma de von Hegel Debo hacerme pasar por ese tipo más a menudo... Pero, de pronto, el alabardero contra el que el tuerto y él mismo estaban luchando, atacó con el asta hacia atrás, amenazando con dañar aún más el pecho sangrante del reo.

¡No pienso permitirlo! se dijo Karl, al tiempo que esquivaba hábilmente el golpe para... para, catastróficamente, ver como el ataque llegaba a un punto que hasta entonces el ex-convicto había considerado vital en su vida.

En ese momento, los segundos se hicieron eternos, Karl abrió sus ojos más de lo que jamás nadie habría pensado que podía hacerlo y gritó mil y un improperios, hasta que, en el último instante, el golpe seco hizo que Karl, boquiabierto, gimiera de dolor mientras caía al suelo, preso de espasmos y sujetándose los genitales.

¡Maldito bastardo! ¡Joder! ¡Voy a acabar contigo y me voy a fo...! -Karl se interrumpió, a tiempo de cometer una estupidez, dándose cuenta de que tal vez no pudiera hacer eso, pero siguió insultando al "suertudo" alabardero, que ni se inmutó ante los insultos del ilustre von Hegel.

Se arrastró lastimeramente por el suelo, presa del dolor, al tiempo que su rostro, ahora empapado en sangre, buscaba un ángulo de visión bueno para ver la muerte de su horrible torturador. No obstante, en lugar de eso, vio como hábilmente, el alabardero cambió de torturador a verdugo en cuestión de segundos para dar un golpe mortal a su aliado tuerto.

¿Pero qué coño...? -preguntó en voz alta el ex-presidiario, aún a sabiendas de que nadie respondería.

Viendo que su bando había sido derrotado, el alabardero se agacho para intentar cortar la cabeza del soldado tuerto. Karl sacó fuerzas de flaqueza y se apoyó en la espada con la mano derecha mientras con la izquierda se agarraba sus sangrantes partes pudendas. Se irguió todo lo que pudo antes de descargar un ataque hacía el alabardero que, absorto como estaba, no pudo esquivar. No obstante, el dolor hizo que la precisión no fuera la deseada, y el ataque solo sirvió para ahuyentar al alabardero, que gritó a Karl en su huida unas palabras que Karl nunca olvidaría.

¡No olvides mi nombre, escoria! -fue todo lo que oyó Karl, antes de caer de rodillas junto al tuerto.

¡Cabronazo! ¡Dímerlo al menos! -farfulló Karl mientras trataba de taponar la hemorragia que sufría Reiner. De pronto, como por arte de magia, Reiner comenzó a hablar, y Karl no pudó sino obedecer a su compañero.

Se levantó, de nuevo gimoteante, entre suspiros y gemidos de puro dolor, al tiempo que miraba a Balbian Boleslav.

¡Balbian! ¡Rodrik! -gritó, mientras movía la cabeza por toda la plaza, como si supiera quien era Rodrik, pero demasiado dolorido como para posar su mirada en él- ¡Venid aquí, maldita sea! ¡Hay asuntos importantes que tratar de inmediato!
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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por Saratai » 29 Ago 2010, 21:14

21 de Destilario (Brauezeit) de 2527. Averheim.

La Plenzerplazt se habia convertido en un horrible lugar lleno de matanza y desesperación. La batalla ya habia terminado, pero eso no significaba que el trabajo hubiera terminado, ni mucho menos. Los campesinos de Streissen ataron a los dos hombres capturados, y comenzaron a saquear los cadaveres. Lloraron por sus amigos muertos, y golpearon a los moribundos alabarderos que quedaban desperdigados por la plaza. Sin duda habian sido un rival terrible que habia dejado 6 mercenarios muertos o incapacitados de por vida, 5 granjeros sin vida o con amputaciones irreparables, y unos 40 ciudadanos defenestrados, entre los que habian mujeres, jovenes y ancianos. Un número excesicamente alto, contando que también habian dejado a otras treinta personas heridas de gravedad, de las que se temia por su vida.

Mientras tanto, Reiner agonizaba, llamando entre estertores a Balbian y a Rodrik, hombres que Karl no tardó en llevar ante el destrozado lansquenete. Balbian parecía perplejo, y quedó sin palabras mientras ayudaba a Karl a incorporarse y a andar, pero Rodrik se acercó a su compañero Reiner, corriendo a auxiliarle y darle algo de agua.

Rodrik el Renegado

-Reiner, camarada, ¿estás bien? Dioses benditos... No te preocupes, Bahever no tardará en venir con ayuda, y te pondrás bien ¿vale? Aguanta Reiner, que hoy hemos hecho algo grande. Gracias a vosotros y a vuestro sacrificio, hemos tenido tiempo para alcanzar a Jobb, y mandarlo a la tumba. He perdido a tres hombres, buenos amigos, pero su sacrificio no habrá sido en vano. He conseguido meterle un par de tiros a ese cabrón, y se lo han llevado corriendo a un edificio del Barrio Viejo mientras agonizaba y dejaba todos los adoquines perdidos de su maldita sangre. No he podido acabar con Jaran(ya te contaré lo que ocurrió), pero todo se andará amigo mio, todo se andará.


Rodrik sonrió al tuerto, que apenas podia ver nada. La herida habia sido muy grande, y su vida aun corria peligro, pues sus pulmones no eran lo suficienteme resistentes como para soportar tal golpe y repartir el oxigeno adecuadamente. Pasaron unos minutos, en los que los hombres supervivientes tuvieron miedo y pánico, rodeados de cadáveres y malheridos. Si en aquella situación, el ejército mandaba más hombres a la plaza, seria el fin de los revolucionarios y todo se habria perdido. Pero gracias a los dioses, pasado un tiempo que se hizo eterno, Bahever llegó a la plaza junto a más de una treintena de hombres armados, todos obreros de Jorkstown que habian tardado en enterarse del problema. Detrás de ellos, veinte soldados de uniformes rojos, negros y amarillos a pequeños cuadros verticales, armados con lanzas y enormes escudos rectangulares. Por último, un jinete de pelo castaño largo y liso y bigote debil y poco espeso, engalando en una bella armadura de placas y vestido asi mismo de rojo, negro y amarillo. A su lado tres hombres, un joven con un estandarte con la letra M estampada, un viejo escualido lleno de instrumentos y un hombre de mediana edad con una maleta, ambos vestidos con batas blancas. Cuando llegaron a la Plenzerplazt, todos quedaron en silencio sepulcral, al ver tal horrorosa escena, comprobando como los cadaveres yacian de cualquier manera mientras los cuervos bajaban al festin y las moscas ponian sus huevos en vivos y heridos.

Los hombres de la Plenzerplazt se atemorizaron al ver a los soldados, pero Bahever y los obreros corrieron a tranquilizarlos.

Sindicalista Bahever

-Sigmar, que desgracia más horrible. Menos mal que estais bien y habeis podido acabar con esos bastardos, perros de los déspotas que nos esclavizan. No tengais miedo por estos soldados, son los Mahiven, una poderosa familia de burgueses, grandes amigos de Markus Leitdorf y aliados en esta contienda. Dado el peligro que corren, se han trasladado de vivienda, pero el primogenito de la casa, el señor Burs Mahiven y sus mejores soldados y galenso han venido aqui para ayudarnos y curar a los heridos. Vuestro esfuerzo será correspondido, ¡¡¡hijos de la revolución!!!


Los granjeros levantaron los brazos, algo desganados y cansados por el discurso de Bahever. Fue encontes cuando Burs Mahiven comenzó a dar ordenes a sus médicos de que atendieran a los heridos. Mientras el viejo se encargó de auxiliar a un granjero que habia perdido muchisima sangre por un tajo en la pierna, y a otro campesino que habia perdido varios dedos de la mano, el galeno más joven se encargó de asistir al grupo de Balbian, Rodrik, Reiner y Karl. No era tan experto como Molbin, pero tenia buen material con el que trabajar. Lo primero fue limpiar la herida de Reiner, que se habia infectado por la suciedad de la alabarda de su enemigo, para después aplicar ungüentos en ella y vendarla duramente. Despúes, se encargó del problema de Karl, aplicando calor en la herida del pecho que el carnicero le habia procurado, y después cosiendole la carne suelta de los testiculos, causando gran revuelo entre soldados y revolucionarios que se colocaron alrededor para ver si el galeno podria salvar el resto del paquete del pobre Karl, algo que afortunadamente el joven médico pudo realizar, sintiendo Karl gran alivio y agradecimiento por ello.

Mientras tanto, a ordenes de Bahever, los obreros comenzaron a amontonar barriles y tablas, creando barricadas en los alrededores de la plaza. Si los soldados volvian, se encontrarian problemas para asaltar la plaza y retomarla. Después, se pasó a llamar a los recolectores de cadáveres, que acudieron en masa para recoger los cuerpos de los ciudadanos y aliados muertos, mientras que los de los soldados se despojaron de todo dinero y equipo y fueron quemados. Ya habian pasado unas horas, y estaba anocheciendo, cuando el Consejero Leitdorf apareció de nuevo, esta vez acompañado de Giorgio De La Soura y de Manuel Vod, amen de otros veinte ballesteros y treinta caballeros, quedando el resto en posiciones iniciales y haciendo guardias por Jorkstown y la Mataperras. Tras su llegada se estableción un improvisado cuartel general junto a la Torre de los Craneos, en el centro de la enorme Plenzerplazt, donde fueron llevados Rodrik, Giorgio, Manuel, Balbian, un galeno, Karl, Reiner, Bahever, Burs Mahiven y el Consejero Leitdorf. Alrededor, y ocupando la totalidad de la plaza, ya rodeada por un perimetro de dos bandas de barricadas, se reunia la gran mayoria del ejército revolucionario. Una vez formado el Consejo Revolucionario, Bahever volvió a tomar la palabra, quedando como lider de la operación. En esta ocasión, las palabras del sindicalista fueron oidas por todo el ejército.

-Señores, muchas vidas se han perdido hoy, pero no en vano. Varios de nuestros hombres-
dijo mirando a Balbian, Reiner, Rodrik y Karl -han dado lo mejor de si por la causa, y casi perecen en el intento. Sin embargo, gracias a su brillante actuación, nuestra revolución se ha adelantado y ya ha tomado forma fisica. Nuestro enemigo aprenderá a temernos, y os aseguro de que antes de que esta semana acabe, los Alptraum habrán caido y el pueblo volverá a reinar.

-Bajo el mando de Markus Leitdorf-
añadió el consejero, a lo que el sindicalista respondió con un escueto ''por supuesto''

El sindicalista continuó hablando durante unos minutos más, llenando la reunión de palabreria, hasta que pasó a relatar las nuevas de la revolución, los puntos realmente importantes.

-Os agradará saber que el hábil Rodrik ha conseguido, además de acabar con Inmaister Brigundherf, acabar con la vida de Jobb Alptraum, que se habia proclamado dictador sin ningun tipo de miramiento, y hasta habia expulsado a Oliver Saford, a su propio primo Bukter y a Vergamont Fahen. Esto no puede ocurrir en mejor momento, pues su división es nuestra unión, y nos facilitará la tarea de reducir al resto de tiranos. Esas ratas, más preocupadas de pelearse por su oro que de defender su ciudad, pagarán cara su avaricia.

-Mientras tanto, Reiner Volk y sus valientes hombres de Streissen han acabado con el tercero de alabarderos, el regimiento más poderoso del ejército averlandés. Con ellos fuera de combate, el enemigo solo podrá replegarse, y tendrá que administrar sus ataques con cautela, dada su falta de efectivos. Todos ellos serán equipados con las armaduras y armas capturadas, y con más equipo que Manuel Vod nos proporcionará en breves, como reconocimiento a su valia, además de conformar el primer equipo de ataque que nos ayudará a tomar las puertas y muros de la ciudad, constituido por veinte hombres, supliendo las bajas de esta tarde Rodrik y uno de sus hombres, un hombre de Manuel, herr Balbian y herr Spenholf, siendo dirigido por Rodrik y Reiner a la par.

-Por otra parte, Manuel Vod, Gran Maestre del Oso Negro, ha creado un perimetro defensivo a lo largo del barrio de Mataperras, estableciendo defensas, y ha conseguido vencer a las guarniciones alli presentadas con suma facilidad. Su aportación a nuestro ataque ha sido rápida e incalculabe, y algunos de sus hombres se repartirán por el resto de unidades, para añadir empuje. Además, un equipo de 15 de sus hombres constituirán nuestro segundo equipo.

-Herr Mahiven, por otra parte, se une también a nuestro bando, consitituyendo el tercer equipo (30 hombres), asi como encargados de coordinarse con otras familias amigas como Pillher, Kusch, Hindenberg y Heine, que vendrán a Averheim en una semana para unirse al ejército de Markus Leitdor para tomar la provincia al completo.

-Además, un cuarto y quinto equipo de obreros y estudiantes, (70 y 90 respectivamente) armados con explosivos, serán liderados por Potkim y Beatrix que no han podido venir aqui, creando distracciones y destruyendo localizaciones enemigas, asi como defender Jorkstown.

-Y como colofón, los Arcas Rojas se han unido definitivamente a nuestra causa, creando un sexto equipo (80 hombres) que se encargará de defender cualquier posición ya tomada, estando encargados el resto de ballesteros de defender el Distrito Sur una vez terminada su anexión a la causa.


La información fue bien recibida por todos, y la reunión fue alargada hasta entrada la noche. Se inició una rueda de preguntas, y cuando esta hubiera acabado, se pasaria a preparar los siguientes ataques, quedando claro que solo faltaba por tomar el Barrio Viejo, las murallas, la Zona Comercial, y algunas calles del Distrito Sur donde los combates continuaban favorablemente para los revolucionarios. El galeno estableció que el grupo de Reiner y Rodrik podria volver a actuar en cuatro dias, tras descansar las heridas, y Burs comentó que se encargaria de sondear a las familias aliadas con los Alptraum para que se rindieran, asi como confirmar que los Norfendeger se habian pasado al enemigo. Y por supuesto, Manuel Vod berreó que el resto de ataques debia llevarse a cabo aquella misma noche, pero nadie le tuvo el comentario muy en serio, dada la situación.




FDI: Tochopost en el que muchas cosas ocurren, lo se. Ya están los números de hombres con los que cuenta la revolución, asi como de las novedades más recientes. Reiner y Karl, la mayor parte del tiempo habeis estado en camilla siendo atendidos, por lo que no habeis podido colaborar en la creación de barricadas y muros, ni en los saqueos. Aun asi, ambos recibis cotas de mallas nuevas junto a los campesinos, llevando Reiner además una alabarda y Karl un escudo.

Karl, el médico de los Mahiven te ha tratado fenomenalmente, recuperando una herida y perdiendo tu penalizador a HA. Reiner, te ha sido curada una infección que se estaba extendiendo, a base de quemar pequeñas partes de la herida. No podrás recuperarte tan facilmente, pero tras descansar tu también recuperaras una herida.

Este turno podeis preguntar lo que querais, hablar con el resto de soldados y compañeros, quejaros, etc. Estareis unos dias sin combatir, pero aun asi vais a tener trabajo que hacer.

Por último, ahi va un poco de experiencia: 100 puntos para cada uno, que podeis gastar en atributos de combate según vuestras respectivas carreras.

kurgan
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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por kurgan » 29 Ago 2010, 23:25

Reiner Volk

-Lo mejor
-comentó el cirujano mientras le pasaba a Volk un trapo enrollado-será que mordáis esto.

Señaló las tenacillas que se calentaban en el brasero, entre carbones al rojo.

-Lo que voy a hacer se llama cauterizar. Consiste en abrasar la carne que rodea a la herida...

El veterano hizo un gesto displicente, lo más que sus escasas fuerzas le permitían.

-Ya... he sido...

-Bien. De acuerdo. Abrid la boca... Perfecto. No os mentiré diciendo que no os dolerá... Así que hablemos de otras cosas. Escuchadme, ¿Eh? Escuchadme. Suerte habéis tenido. Si no hubiera sido por la cota de malla...

-¡MMMM! ¡MMMMM! ¡MMMMM!

-¡Sujétenle! Si no hubiera sido por la cota de malla el arma hubiera penetrado más hondo. ¿Habíais sido herido en el pecho antes, verdad? Sí, claro, no podéis responder. Estuvisteis a punto, pero cuando Morr no lo quiere a uno, lo rechaza y no hay nada que hacer, ¿eh?

-MMMmmmMMMM.

-Mi compañero ha salvado a uno de vuestros hombres. Sí, sé que duele, morded fuerte. Hay quien mete un palo en la boca, pero eso no se debe hacer, ¿eh? Reventaríais el palo con los dientes y sería peor. Tendría que extraeros las astillas del paladar y eso sí que duele. De verdad. Amén de que perderíais los dientes a buen seguro. Ánimo, que ya estamos acabando.


-Mmmmm.

-Si tuviera algo de opio, o mejor, láudano... Pero no están los tiempos como para pedir eso. Además, y que esto quede entre nosotros, "alguien" usa mucho las reservas que tenemos en la botica, para fines recreativos... Bueno, esto ya está.


El médico examinó con ojo crítico su intervención.

-Ya le podéis sacar el trapo, y desatarlo.

Las tiras de cuero pendían laxas. Durante un momento, el joven doctor temió que el dolor hubiera parado el corazón de su paciente, pero pronto se desengañó.

-No ha sido para tanto, ¿eh?

-Si... estuviera bien... puñe... tazo...


XXX

Reiner se empeñó en ver los cadáveres de sus hombres muertos para hacer la señal de la Wolfkopf sobre ellos, y visitar a los mutilados. Un hombre nunca volvería a andar, otro jamás labraría con el brazo izquierdo. Les dio las gracias por su sacrificio, y miró a la cara de los sanos. Lucían como guerreros profesionales, pensó, con las alabardas al hombro y las cotas de malla manchadas de sangre que se habían ganado en la lid. La guerra convierte a los bisoños en veteranos de un día para otro, aunque no se llamaba a error; eran sólo campesinos con armas y valor. En una batalla igualada, serían barridos.

-Os... pido discul... pas. Meine kin... der. Por... no haberos... dejado matar más. Tenía... que haber estado... yo... allí. Con voso... tros. Estoy... orgulloso.

Escrutó sus rostros, buscando reproche, miedo o valor.

XXX

Aquello no era un ejército, pensó Reiner. Era una revolución.

El caracter popular de su bando saltaba a la vista. Echado sobre una camilla, con Balbian a su lado, contemplaba cómo el pueblo de Averheim se reunía y codeaba con mercenarios y caballeros. Los obreros parecían un pueblo en romería, y entre ellos se veían las notas de color de los pañuelos a la cabeza de las mujeres, las cabezas rubias de los niños subidos a los hombros de sus padres. Entre las piernas de los mayores correteaban perros y crías con trenzas se perseguían. Los rostros de los adultos eran serios, y los que más, los de aquellas que ensombrecían la velada: las sombras ataviadas de negro de las viudas. La matanza de la plaza Plenzer se había llevado a muchos maridos, padres, amantes.

¿Qué hacía Reiner allí? Él era un mercenario, y no tenía la fe que rebosaba de aquellos rostros sencillos en su frío corazón. Durante un fugaz segundo, pensó que quizás era el sitio en el que debería estar, que todas las batallas y matanzas de su existencia no eran sino la preparación para la guerra definitiva: la que precedería a la liberación de los miserables de la tierra del yugo de los poseedores. Su nombre sonaba con connotaciones proféticas: Puro Pueblo.

Mientras Bahever disertaba hacia la multitud, haciendo lo que mejor sabía hacer, Reiner buscó inútilmente a Beatrix entre los rostros. No estaba. Se volvió hacia Karl von Hegel.

-¿Cómo os va ahí abajo? Sois un demente, creo yo. Pero os debo la vida. Y veo que darnos la mano no fue un acto errado. ¿Eh? Os la doy de nuevo. Y sabed que no os dejaré tirado, si he de devolveros el favor.
Cuando el turno de preguntar comenzó, Reiner se volvió hacia Balbian.

-Kamerraden, sé mi voz. No soy fuerte aún como para hacerme oir aquí.

Con la ayuda de Balbian, que aún tenía la pistola que Reiner le había dado (el lansquenete se la volvió a cargar y le explicó cómo apuntar debidamente, aunque poco provecho se saca de las lecciones de un tuerto), Reiner preguntó por los hombres que habían traicionado a Jaran.

-Los soldados que con nosotros iban a venir... ¿No llegaron aún? ¿Volvieron a pensárselo?

Esperó la respuesta de Bahever. El maestre del Oso Negro bramaba invectivas, ansioso por lanzarse a la batalla como un toro joven.

-Pensaos... Si no hemos de hacer caso a Don Manuel Vod... Al menos en parte... Tenemos... La iniciativa, pero tiempo que pasa, es tiempo que los contrarios... pueden reorganizarse... Para cambiar las tornas y volver hacia nosotros a los aliados de los Alp... traum... Es necesario meterles el miedo... en el cuerpo... ¡Hemos de tomar las murallas! Cuanto antes. Sin ellas, estaremos aislados de Leitdor... f... de Leitdorf y de su ejército.

-¿De qué nos sirven dos mil hombres o cien mil fuera de la ciudad? Tenemos... que tomar las puertas cuanto antes y seremos... dueños de quién entra y quién sale.


Había de proporcionar instrucción a sus campesinos, interrogar a los alabarderos por él capturados. Y cuando el tiempo lo permitiese y estuviese un poco mejor, jincarse a una puta.

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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por Nimref » 29 Ago 2010, 23:56

Karl van Spenholf

Poco después de que llegaran Rodrik y Balbian, llegó el grueso de los Bahever, entre los que había dos galenos, que atendieron a los heridos. Pronto le llegó el turno a Karl, un instante que prometía ser un verdadero infierno. Entre gemidos y forcejeos y ante la interesada mirada de varios espectadores, el médico consiguió curar las heridas del reo, que se recuperaría poco a poco.

Al principio, no pudo levantarse del suelo, con miedo de dañar su recién curada herida, y se mantuvo sentado largo rato, observando a las fuerzas allí reunidas. La gran mayoría no debería estar ahí, sino en sus casas, o, tal vez, más lejos aún, donde realmente pudieran estar a salvo. La guerra, se dijo Karl, es una jodida llama avanzando por esas ramas secas que siempre hay en todas partes...

Junto a él, un par de heridos lo miraban, casi conmovidos porque no hubiera muerto tras perder el mayor símbolo de virilidad que poseía.

No os engañéis... -dijo, guiñándoles un ojo en señal de confianza- Una vez que lo pierdes ya no te parece tan útil.

Tras lo que, repentinamente, estalló en carcajadas ante su macabro chiste. Posiblemente, si se lo hubiera hecho otro, le habría estrellado un puñetazo en los dientes, pero tenía que descargar tensión: había ocurrido mucho en poco tiempo, ya fuera la entrada a la casa de las rosas, la traición de su hermano o su pérdida testicular. Karl se llevó instintivamente una mano a los huevos, que detuvo a escasos centímetros, con miedo de haber movido la mano con demasiado ímpetu. No era un soldado, pero sabía matar gente. A lo mejor, al acabar la semana, era un soldado.

Pronto, el consejo revolucionario se reunió en el centro de la plaza, tras lo que el líder de los Bahever se presentó casi como único líder de los revolucionarios. En cierto modo, de los allí presentes, era el líder. No obstante, Karl no pudo evitar frases en voz baja como "No olvides a Markus, amigo" y otras frases, que denotaban que debía recordar al verdadero artífice de todo aquello.

Escuchó atentamente el papel que le tocaba en los siguientes acontecimientos, mientras fruncía el ceño y levantaba una ceja.

¡Qué vida tan absurda! Pierdes lo que pierdes y te recompensan llevándote a primera línea para que pierdas lo que te queda...

Perdido en sus pensamientos estaba el reo, cuando el tuerto se dirigió a él. Karl apretó la mano del veterano mientras éste le agradecía lo hecho, y prometía saldar una deuda con él.

Camarada... cuando estaba en la Prisión, las vidas no eran nada... pero cuando sales aquí, tienes que apreciar lo que merece la pena -dijo al tiempo que se encogía de hombros, antes de bajar la mirada- . No podía dejar morir a un buen soldado, después de todo...

Cuando acabó la ronda de preguntas, si no se había acordado actuar de inmediato, Karl se acercaría al consejero, y carraspearía junto a él para llamar su atención.

Señor... supongo que no es el momento propicio, pero... quiero venganza... -ante la estupefacta cara del consejero, Karl se apresuró a aclarar- Me refiero a lo del joven de la carnicería y todo eso... Después de éstos momentos de acción, no se si podré estarme quieto mucho tiempo...
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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por Saratai » 30 Ago 2010, 22:31

21 de Destilario (Brauezeit) de 2527. Averheim.

La reunión siguió su curso, una vez Bahever habia dado una notable información acerca del avance revolucionario. Ahora tocaba el turno de las rondas de preguntas e ideas. Bahever se habia crecido mucho últimamente, pero no queria dejar el toque demócratico en sus reuniones, dando a todo el mundo tiempo para expresarse.

Mientras tanto, los ciudadanos iban entrando alegremente dentro de las barricadas, ayudanado a los recolectores de cadáveres, a los constructores de barricadas y a los carpinteros y carniceros que repartian comida entre los combatientes. Entre ellos estaba Joffel, que afilaba sus cuchillos a la luz de las dos lunas, sin perder de vista a Spenholf ni un segundo. El consejero habia cumplido su promesa, y habia dado partes de los fondos de Burs Mahiven (unas cuatrocientas coronas habia entregado la rica familia a la causa, con lo que se pagaban a carniceros, galenos, algunos mercenarios y sobre todo, se motivaba a los obreros y combatientes) al carnicero, que llevaba el monopolio alimentario de los combatientes, que tendrian sobras de carne una vez cada dos dias.

Y ese dinero, habia atraido a más gente además de profesionales y guerreros. Mendigos se avalanzaban por las barricadas, impidiendo los obreros de la fundición su paso, asi como niños ansiosos por unirse a la matanza y saqueo del Barrio Viejo. Por último, pero más importante que el resto, se encontraban las rameras del barrio, entre las que destacaban cuatro mujeres que se iban a hacer de oro aquella noche, habida cuenta de que las esposas de los granjeros estaban muy lejos, y que los mercenarios tileanos ni siquiera estaban casados.

Su precio por completo era de entre doce y ocho peniques, según lo pardillo o feo que fuera el tipo. Pero de entre todas ellas, las cuatro putas de la Mataperras eran las que tenian la mayor ventaja. Más bonitas que las demás, eran las únicas que no tenian chulo, habida cuenta de las navajas y pistolas que llevaban entre ligueros y corpiños. Al no tener que pagar a nadie por su protección, las muy zorras equiparaban sus precios a las más orondas y poco agraciadas, gastandolo en trajes más bonitos y armas más peligrosas, ganando asi aun más dinero y perpetuandose como la actividad de ocio numero uno en la ciudad.

En esas estaban cuando uno de los mercenarios Mahiven fue pasando un cofre, pagandole a los granjeros de Reiner que habian resultado increiblemente efectivos, al propio Reiner y un extra a Rodrik. Spenholf se quedó sin paga, por haberle robado al carnicero. ''Tu ya has cobrado bastante por una temporada'' y ''Ya hablaremos luego de ese hijo puta que te ayudó a robarle a Joffel'' habian sido las palabras del Consejero, por lo que quedó sin premio. El pago base semanal fueron 160 peniques, y habida cuenta de que las cenas irian de cuenta de los Mahiven, aquello dejaba una autentica fortuna a gentes acostumbrados a cobrar 80 peniques semanales, y pagando casa, ropa y comida. Claro que antes no se jugaban la vida contra soldados profesionales, pero si sobrevivias merecia la pena con creces (pues según contaba la tradición, las amputaciones volvian a crecer si las frotabas con piedra del hermitaño).

Entre tanto, en el circulo de planificación revolucionaria, Reiner le daba la razón en parte a Manuel Vod, para sorpresa de todos los presentes, a lo que el maestre reaccionó con agrado.


Manuel Vod

-Por fin alguien que entiende de lo que habla. Reiner, estás en lo cierto, tenemos que aprovechar la derrota del enemigo para empujarle hasta sus lindes, y retenerle ahi. Bahever, usted me dijo que los soldados de Jaran que estaban de nuestra parte están boicoteando los cuarteles, y enviando información falsa para que los refuerzos no lleguen y se extravien. Debemos aprovechar esta oportunidad para atacar las puertas y murallas, que se nos resisten. Yo mismo liderare mis hombres contra la Puerta Sur y contra la Puerta Este, no tardaremos en tomarlas.



Sindicalista Bahever

-No es solo por los hombres heridos. Tus caballeros son necesarios para mantener las defensas y atacar unicamente espacios vitales y muy defendidos por los Alptraum. No podemos malgastar vuestras fuerzas en un trabajo que, sin ofender-
dijo mirando a Reiner y Rodrik -, es tarea de la gente de los campos.


Burs Mahiven

-No se yo, deberiamos acabar con esta operación a lo mucho en dos dias. Tengo información de que no solo tenemos como enemigo a los Alptraum, sino también al Conde Elector de Talabheim, Alexander Feuerbach. Por suerte, Feuerbach está tan en contra de los Alptraum como nosotros, y les tapará cualquier mensaje que puedan mandar a Reikland pidiendo auxilio. Pero aun asi, ese cerdo talabelandés se aproxima aqui y quiere tomar la provincia. No se concretamente para que, pero asi es. Y por si fuera poco, los sigmaritas están en contra de nuestro bando, y no tardaran en emitir bulas contrarias a Leitdorf. Por todo ello deberiamos acelerar la toma de la ciudad lo antes posible.



Giorgio De la Soura

-Emm, caballeros, todo lo que dicen de la iglesia es un tema muy peligroso, pero... ¿No hay nada que podamos hacer al respecto? Quiero decir, el tipo enorme de alli parece del clero, y parece amigable con los obreros-
dijo el capitán de los Arcas Rojas señalando a una de las barricadas donde un hombre de cabeza rapada reia junto a un par de mercenarios.

Todos los presentes se giraron a ver a quien el tileano señalaba, hasta que Balbian, espontaneo como siempre, llamó al musculoso hombre de Sigmar a reunirse con ellos. Burs sonrió, tal vez aquella estupidez saliera bien. Cuando el hombre llegó frente a los capitanes, se presentó como Nolan Grass, explicando que el era siervo del pueblo y que por eso habia ido a ayudar a los necesitados. Bahever parecia conocerle de vista, y le explicó entre susurros a Burs (algo que solo Reiner y el Consejero pudieron alcanzar a escuchar) que aquel sacerdote solia ir con frecuencia a la Ytinga Inn, y que conocia a Beatrix y a Potrkim. Su tono, según pudo apreciar Reiner, no era precisamente el de quien habla con admiración de un tercero.


Consejero Leitdorf

-Oh, es un placer tenerle aqui con nosotros, Herr Nolan. Es bueno saber que los santos y los dioses están con nosotros en esta justa causa...


El consejero siempre sabia como decirle algo a alguien para que fuera el otro interlocutor quien le corrigiera, dandole asi más información. Lo que tenia de cobarde huidizo lo suplia con creces de astuto conversador.


Nolan Grass

-No caballeros, el placer es mio, pero no soy ningún santo, solo un humilde servidor. Han de saber que ustedes son celebridades entre el pueblo, los lideres que llevarán a Averheim a una nueva época de libertad para el pueblo y exclusión del corrupto y del hereje. Y bien digo herejes, pues, ya que estoy con ustedes, no negaré que conozco ciertos detalles de interés.


El joven Mahiven y Bahever se echaron hacia adelante en sus asientos, curiosos de lo que sabia aquel sacerdote, y de la parte que les contaria a ellos.

-Justo hace unas horas, antes de que este desafortunado incidente, que debia haberse evitado, me reunie con un fiel sirviente de Verena. Soy completamente partidario de vuestra causa, herr Bahever, y he hablado con Beatrix largo y tendido, durante muchas horas, de lo necesario que es el cambio en esta ciudad- al mencionar a Beaxtrix, Bahever apretó con fuerza los posabrazos de la fina silla, al borde de arañarla -pero he de decir que el pueblo de Sigmar no deberia matarse por algo asi, sino que deberia unirse contra los verdaderos siervos del oscuro. Y me refiero a Oliver Saford y a los guardias de Carroburgo, que ya no están con los Alptraum. Fueron ellos los culpables de la situación actual, y los verdaderos enemigos de la iglesia. Los Alptraum, en cambio, han demostrado ser fieles dignos de Sigmar, y aunque hayan errado en el pasado, son los herederos y eso es algo que un buen sigmarita debe aceptar.

Todos en la plaza callaron de golpe, pues habia que tener mucho valor para hablar de esa forma delante de cientos de hombres que habian luchado a muerte contra los soldados del ejército. Aquel sacerdote, Nolan Grass, no era un tipo normal y corriente. Y a buen seguro que aun guardaba más opiniones al respecto de la situación.

La reunión, después de que algunos de los lideres diera su opinión, tomó un descanso de media hora, para que los hombres se relajaran, y luego continuaria, con Nolan como invitado especial. Se sirvió la comida, los mendigos ratearon y algunas personas ofrecieron sus servicios a los interesados, llevandoselos a una casa cercana que habia sido ocupada por los revolucionarios. Después, todos volvieron a sus puestos, y los capitanes a deliberar la proxima acción a tomar, no sin antes conocer la opinión de quien negaba ser ni santo ni especial.

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Re: Prisión de Almas: Acto II

Mensaje por Nimref » 30 Ago 2010, 23:29

Karl van Spenholf

Karl apenas entendía lo que decían aquellos expertos militares y estrategas, pero, entre tanta palabrería, se quedó con dos opiniones: los que decidían tardar en actuar y los que decidían actuar de inmediato.

Jefes –comenzó Karl, al tiempo que todos los allí presentes lo miraban, sorprendidos de que siquiera se planteara hablar entre aquellas personas-. Mi opinión, sea buena o mala, que más da… es que no dejemos que el ánimo decaiga: mírenlos a todos, ¡coñe! ¿Creen que van a poder aguantar así mucho tiempo?

Fue pasando su mirada por la de los mandamases.

Ustedes, aquí ganan cosas. Ellos, una vida –dijo, señalando a Balbian, como el mejor ejemplo de lo que decía-. Si a ustedes les dijeran que si no toman la ciudad pronto, dejarán de vivir y volverán a ser esclavos, ¿qué diablos creen que harían?

Extendió sus brazos el tiempo suficiente como para dotar de mayor dramatismo a su monólogo, pero pronto se dio cuenta de que su opinión era, posiblemente, la menos valiosa cuando llamaron a un sacerdote sigmarita y empezaron a hablar con él. El sacerdote no tardó en presentarse y levantar los principios revolucionarios de los allí presentes cuando sentenció que el verdadero problema de la provincia no eran los Alptraum, sino Oliver Saford.

Así que Saford… fue el que destrozó la vida que yo conocía y es el por qué de todo ésto…

De pronto, y para sorpresa de todos, Karl volvió a tomar de nuevo la palabra, para, de nuevo, sobresaltarlos a todos, que lo miraron estupefactos con los ojos como platos ante su pregunta.

¿Quién demonios es Oliver Saford? –preguntó, clavando su mirada en la del sacerdote, esperando respuesta inmediata.

Si respondían a su pregunta y se extendían en su descripción lo más mínimo, Karl se dirigiría a hablar con el consejero en el descanso de media hora, para decir lo siguiente.

Creo que atrapar a ese Oliver Saford nos podría dar el empuje suficiente a ojos de la Iglesia, como para no tenerla en nuestra contra… según dice, ya no es aliado de los Alptraum, así que no le protegerán, será un objetivo más fácil… y posiblemente sea ésto lo que llevo buscando seis años, jefe… -le dijo, mientras ponía la mano en la empuñadura de la espada y le miraba con mirada suplicante, como esperando que le dijera “¡Corre a por él entonces!” cuando realmente sabía que no era tan sencillo.

Si el consejero le daba el visto bueno al asunto de la caza de Saford en ese mismo momento, intentaría recoger información entre todos los presentes en la plaza: donde vive, que lugares frecuenta, donde se encuentra ahora; principalmente hablando con el sacerdote, que parecía entendido en el asunto de Saford. Si el consejero no daba una respuesta satisfactoria, Karl hablaría del asunto en la reunión de los cabecillas, media hora más tarde, proponiéndose como cazador de Saford.
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