Segunda parte: Perdidos

Partida dirigida por Van Hoffman

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Uranga
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Mensaje por Uranga » 25 Sep 2008, 17:45

Aënor Finduvel

Parecia que se le iban a salir los ojos... Nunca habia visto algo parecido, una civilizacion dentro de la jungla de Lustria. La ciudad parecia sacada de los cuentos que antaño le leyo su padre mientras dormia. Los edificios no tienen ningun parecido a los de los asur o los humanos del viejo mundo. Pero lo que mas le sorprendia eran los seres que habitaban en la ciudad. Al parecer no eran bestias o animales sino seres con inteligencia que habian podido construir esta maravillosa obra.
Aënor habia venido a este viaje para empezar de nuevo, pero nunca podria haber imaginado algo asi, cada vez tenia ams ganas de conocer a estos lagartos bipedos y mas aun cuando su cabecilla, un sapo gigantes hablo. Elegidos? nosotros?porque? No entendia nada pero estaba claro que no tenian muchas alternativas, quien sabe lo que harian estas criaturas si alguno de nosotros se negaba a esa mision tan especial.

-Contad pues conmigo, Aënor Finduvel a su disposicion oh ilustrisima.- Imitando a mi compañero hago una reverencia y espero impaciente la respuesta de los demas asur.


FDI: Van Hoffman, no me despedi de Heraldos, mas que nada porque iba a seguir jugando ^^
Siente el WAAAGH dentro de ti

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William Tender
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Mensaje por William Tender » 29 Sep 2008, 12:50

Anuviel Darkmane

El joven elfo se debatía entre la emoción fascinada, y un poderoso sorecogimiento ante la majestad de todo lo que veía.
La ciudad era una obra de colosales proporciones, antigua y poderosa, grande y majestuosa. No es que no existieran ciudades de los elfos que superaran al esplendor de ésta, es que sencillamente Anuviel nunca hubiera concebido que hubiera una civilización tan antigua, y tan fuerte como la de los elfos en mitad de la jungla. Numerosas aves tropicales exóticas sobrevolaban la ciudad a cada momento, dejándole con ganas de acercarse y ver más. Entre los majestuosos edificios, se veían figuras desde lo alto de la pirámide, probando que la ciudad estaba habitada por alguna suerte de reptiles, aunque Anuviel no sabría decirlo con exactitud desde esa distancia. No obstante, al llegar a la cima del monstruoso zigurat, no hizo falta nada más.

Anuviel en esta ocasión sí que sintió miedo. La criatura guardiana, que fácilmente rondaría los 240 kg, tenía una altura ligeramente superior a la suya, con el peso incinado hacia adelante, musculatura poderosa, miembros fuertes, listo para saltar y atacar en cualquier momento. Aunque no vestía apenas ropa, las escamas que cubrían su cuerpo parecían gruesas, robustas, y sobradamente capaces de proteger a la criatura de golpes poco decididos. Su mandíbula era, esta vez sí, la de un carnívoro con todas las de la ley, larga, de maxilar robusto, músculo masetero pronunciado, dientes afilados y largos, cuello fuerte, para tirar, sacudir y desgarrar, como un cocodrilo; una robusta cola para equilibrar su peso, una serie de protuberancias óseas a lo largo de la espina dorsal, aumentando el aspecto general de acorazado, y una gruesa placa ósea con forma de diamante protegiendo la zona supra craneal, extendiéndose desde los arcos ciliares, hasta flotar por encima del cuello, protegiendolo de golpes venidos desde arriba (lo cual le metió a Anuviel en la cabeza la inquietante idea de que semejante monstruo pudiera tener muchos depredadores más altos que él). Tenía toda la anatomía de un depredador brutal.

Sin embargo, la criatura que de verdad intrigó a Anuviel fué la que ocupaba el trono. A primera vista parecía un colosal batracio, de formas deformadas, columna recta, y vientre hinchado. Su boca era muy ancha, asemejando la boca de un gigantesco saco, decorada con dos broches de color, que conformaban dos escamas planas, grandes, redondas y lisas de color que marcaban sus carrillos. Al contrario que los sapos y ranas comunes, cuya piel permanecía tirante y tersa, ocultando muchas oquedades, y una complexión general ligera, que permitiera a la criatura saltar y nadar con rpidez, esta criatura era una mole, bajo su resbaladiza piel se adivinaban gruesas capas de músculo y grasa cubriendo los órganos internos. Además, sus extremidades parecía atrofiadas, hasta el punto de que Anuviel dudaba de que pudiera levantarse del trono, no hablemos de saltar distancias varias veces superiores a sus propias dimensiones, como era habitual en ranas; como si la criatura viviera siempre sobre ese trono. La criatura no abrió la boca ni se movió un ápice, pero Anuciel apostaría a que tenía dientes, ya que para alimentar ese enorme cuerpo, o bien complementaba su dieta con frutas (y quizá carne), o bien los insectos voladores de la zona era enormes, en cuyo caso, igualmente, hubiese sido necesario triturarlos.
No obstante, el monstruo era tan raro, que no le hubiera extrañado que no tuviera ninguno en absoluto.
La criatira, en conjunto, parecía incapaz de valerse por sí misma, parecía necesitada de que le sirvieran para los asuntos más elementales de la supervivencia, y sin embargo, parecía ostentar un rango de poder. ¿Cómo se habría hecho con el control en una sociedad de lagartos tan aventajados evolutivamente? ¿Quizá algún tipo de reverencia religiosa?
Entonces advirtió una peculiaridad má de su anatomía. La criatura no tenía casi cuello, sino que su cavidad craneal se curvaba y se sumergia en su torso, fusionándose con su espalda. Anuviel empezó a comprender que alrededor de la cuarta parte del gigantesco volumen del sapo lo constituían su cráneo y su cerebro. ¡Por gracia de Isha, cuán extensa sería la inteligencia de esa criatura! ¿Podría ser que hubiera evolucionado junto a los monstruos que la rodeaban como gobernante?
¿Sería poderosa de algún otro modo que Anuviel no sospechara? Sus manos presentaban dedos largos y hábiles, pero brazos enclenques. De algún modo, Anuviel intuía que jamás manipulaba objetos que no fueran extremadamente ligeros con sus manos, y que sin embargo, las movía habitualmente... Todo en esa criatura era un misterio. Y entonces, oyó la voz.

La voz parecía antigüa y poderosa, y a la vez sabia. Sería extraño que el pequeño lagarto no se hubiera comunicado ya con ellos de ese modo si tenía la capacidad. El monstruoso hombre lagarto no parecía tener la paciencia y sabiduría que destilaban esas palabras. ¿Serían esas palabras del sapo? Su mirada seguía inexcrutable, inexpresiva, de ojos húmedos e insondables, su boca cerrada en un gesto que aún no se había alterado lo más mínimo. ¿Quizá una entidad superior?
ante misterios tales, a Anuviel le sonó ajena en los oídos la expresión "raza antigua", usada normalmente por los jóvenes y descarriados humanos. Quién sabía cuál era la antigüedad y el poder de estas bestias.

Anuviel cayó arrodillado por la fuerte impresión del destino que le reclamaba.

-Nunca tuve reparo en ayudar a quien me lo pidió, sería un honor ayudar en cuanto pueda a tan impresionante pueblo... pero, os lo suplico, quiero saber más, quiero conocer, qué es lo que me rodea, qué pueblo es éste, y qué lugar.

Por primera vez en mucho tiempo, la temblorosa voz del elfo de melena oscura habló, no con timidez, sino con exaltada devoción.

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Van Hoffman
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Mensaje por Van Hoffman » 14 Oct 2008, 10:14

Fin de la Segunda Parte
Van Hoffman, pastor de garrapatos por gloria y gracia de Igarol

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Sacar a pasear al garrapato, limpiar caca de garrapato, cepillar al garrapato, limpiarle las muelas por dentro al garrapato...

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