La Conspiración

Partida de Uranga ambientada en Diamanterra.
Kekester
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Mensaje por Kekester » 29 Nov 2008, 16:13

Mujer misteriosa

Esta mujer a la que todos observaban resultó ser una elfa, y, quizás por su modo de actuar o de vestir, no sabrían ubicarla en ninguna de las razas élficas.

La nieve adornaba la escena...

Os esperaba luciendo una ondulada y larga melena dorada, un cuerpo esbelto y unas sinuosas formas aliñadas con un vestido de dos piezas. En el torso, un corsé negro a la altura de los hombros, con bordados verdes, y con el cordel para ceñirlo sospechosamente en la parte delantera, también de color verde, verde intenso y brillante; acompañado por la falda ancha y aterciopelada, negra, con bordados en negro y en verde, que le llegaba hasta la altura de los tobillos. Además, se cubría con un chal, negro también, sobre el cual brillaban los primeros indicios de la nevada.

La acompañaba un corcel de un color grisáceo, sobre el cual esperaba sentada de lado, con las piernas cruzadas -con medido recato-, y de cara a la puerta de la mansión.

Esperó con los ojos cerrados hasta estar segura de que todos miraban hacia ella, para deslumbrarlos con sus bellísimos párpados y el brillo de sus grandes y estilizados ojos verdes.

Esbozó una ligera sonrisa, y, mientras hacía ondear la melena para distraer el grupo, sútilmente hizo avanzar al caballo hacia la entrada.

- No os sulfuréis, mi señor. El pobre desgraciado que nos ha besado a mí y a mi puñal no hacía ningún bien al mundo. No obstante, espero que todos hustedes sí tengan algo que aportar; y que, como mínimo, dispongan de los modales necesarios como para presentaros ante una dama, en lugar de gruñir y maldecir -dirigó la mirada hacia Don Nulño de Salazar-, como el ilustre pariente de la Casa de Ávila.


PD: Manca decir que, para quien haya apartado la mirada de la elfa y la haya dirigido al suelo, embarrado y rodeado de oscuridad, habrá distinguido sin ninguna otra dificultad el cadáver de lo que parece ser un hombre con el atuendo de capitán de la guardia.
PD2: Por supuesto, no hay rastro de puñal alguno ni atisbo de sangre por la indumentaria de la elfa.
—Dime una cosa, Bronn (...). Si te ordenara matar a un bebé... a una niña de pecho... ¿Lo harías? ¿Sin preguntas?
—¿Sin preguntas? No. (...) Preguntaría cuánto.
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Mensaje por El_Bardo » 30 Nov 2008, 21:31

Raúl Bernandéz

No lo podría creer una elfa estaba mirando a todo el grupo y tras la escena el hombre caído bajo esos pies era el capitán de la guardia Myrmidia quizás nos halla dado un respiro, empieza a nevar, noto el aire gélido en mis huesos, la toga de fraile ni si quiera me abriga o eso debería hacer.

¿Será enemiga o aliada de esta reunión?.


Pienso mientras miro a los del grupo con poca desconfianza...
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Weiss
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Mensaje por Weiss » 01 Dic 2008, 01:43

Carlos de Reikland

El movimiento de Carlos fue extremadamente rápido. Recogió su escalpelo del suelo y atacó directamente al vientre del almohade. Pero se encotró otra vez con su maldita habilidad para esquivar practicamente cualquier golpe. Se apartó en el último instante, casi sin esfuerzo y con una facilidad indignante. Y aún fue peor. Al moverse, ejecutó una floritura con su hoja. El efecto sobre la mano de Carlos fue practicamente nulo, pero consiguió de alguna forma acertar en ul punto que provocó que aflojase la mano, soltando su afilado instrumento.

Ahora Carlos estaba desarmado otra vez, pero sin forma de recuperar su arma, que había ido a parar a varios metros. El almohade embistió con su espada por delante. Carlos rodó por el suelo, apartándose del golpe y ganando unos instantes hasta que el soldado volviese a atacarle, ya que había sufrido un pequeño percance resbalando con la sangre de Enrique Teodor, y ahora luchaba por recuperar el equilibrio. Estas fracciones de segundo fueron las que salvaron la vida de Carlos. Vio un brillo acerado a escasos centímetros de él. La espada de Enrique Teodor.

Allí estaba. Una elaborada hoja de acero templado, decorada finamente con filigranas de oro y plata. No era un modelo habitual estaliano, por lo que Carlos constató que debía ser importada de Bretonia. Un capricho para alguien con dinero como había sido Enrique Teodor. Carlos agarró la empuñadura de la hoja, y se levantó justo para interceptar en el aire el nuevo ataque del guardia. Ahora los dos luchaban en igualdad de condiciones. Con dos espadas. Carlos no era un gran espadachín, pero sí tenía un estilo decente y era más que capaz de defenderse. Usar un arma era parte de la educación de un noble.

El ritmo del combate era vertiginoso. Estocadas, cortes y fintas se sucedían a velocidades inimaginables. En un momento dado, el sonido de movimiento interrumpió la concentración del combate. Carlos no sabía por qué, pero los otros Guardias huían. El almohade, después de dirigir unas palabras que Carlos no entendió, también huyó.

Tras recuperarse de la sopresa inicial, Carlos intentó perseguirle, pero sin éxito.

Sin embargo, lo que vio cuando salió de la casa le dejó sin aliento.

Había una elfa, la más hermosa doncella que Carlos había visto nunca, subida en un caballo, y con un cadáver a escasos pasos. Sin que se diese cuenta, los demás miembros de la reunión, fueron apareciendo a sus espaldas. Escuchó la voz del que creía que era Luciano, afirmando que la visitante era amiga suya. Escuchó una colérica voz, que Carlos indentificó cómo la del noble de Ávila. Después, fue ella la que habló, con una voz tan dulce que ni en sus sueños se la habría imaginado.

Carlos estaba absorto. Fue la voz de aquella especie de monaguillo la que devolvió a Carlos a la realidad. Adelantándose y tomando la mano de la desconocida, Carlos la besó, a la vez que la miraba a los ojos y decía.

Mi Señora, mi nombre es Karl Von Grosskopf.

Acto seguido, y sin dejar de mirarle a los ojos, Carlos retrocedió. Llevaba todavía la ensangrentada espada de Enrique Teodor en la mano, y la limpió a lo que hace no tanto era un elegante abrigo. Sin duda, el aspecto que presentaba Carlos no era el apropiado para estar delante de esa dama. Su pelo estaba entero lleno de sangre, al igual que su cara y sus ropas, que presntaban numerosos cortes por donde la hoja del enemigo le había impactado. Per aun encontrándose en semejante estado, Carlos se sentía perplejo y admirado por cómo se desarrollaban los acontecimientos...

Allí, bajo la nieve y ensangrentado, todavía anonadado por la rápida sucesión de hechos, exhausto por el combate, furioso por la muerte de Teodor y maravillado ante aquella aparición, Carlos aguardaba...
"Ninguno de vosotros lo entiende. Yo no estoy encerrado aquí­ con vosotros. Sois vosotros los que estáis encerrados aquí­ conmigo"

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Mensaje por Alexander d'Athayde » 02 Dic 2008, 01:41

Leonardo Ortega del Castillo

La imagenera esimplemente sobrecogedora. Leonardo no pudo mas que mirar sus hermosos rasgos.. Su cabello brillante, aún en la oscuridad de la noche y la nieve cayendo a su alrededor. Y sus ojos. El brillo melancólico y a la vez activo. El color, tan poco comun, y mas aún, acentuados por su atuendo. "Santa Madre...". Al hablar, excesivamente dificil fue escucharle. Los pausados movimientos de sus labios se acompasaban con sus mejillas y sus faz angelical. Mirar esa boca fue como el amanecer tras las montañas grises en una alejada aldea bretona...

Su mano aflojó lentamente la presión sobre la empuñadura. Posteriormente prosiguió la presentación, algo estúpida, concedamos, según Leonardo, del Nuño.

Cuando los ojos de la hermosa dama se posaron sobre él, no salieron las palabras. Su mano aferró nuevamente a su empuñadura y recuperó, aunque muy levemente, su compostura.

-Mi señora, -atinó finalmente a decir- no niego lo oportuno de su intervención en estos momentos, pero perdone mi desconfianza si deseo saber el vuestro primero. En estas tierras los enemigos son mas que los amigos y pueden ocultarse aún detrás de la mas hermosa doncella.

Sin embargo, un leve enrojecimiento hizo presencia en las antes pálidas mejillas de Leonardo. Tal vez no era amenazante la belleza que tenia ante sus ojos, pero tal vez sí lo era el señor Luciano. A Leonardo no le gustaba la gente que huía ante la primera brisa adversa.
Mirá que me pongo el sombrero picudo y agarro la varita, eh?

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Mensaje por Uranga » 02 Dic 2008, 22:45

Luciano os miro uno a uno y se interpuso entre la elfa y el grupo. Todos estabais cansados y nerviosos por el duro enfrentamiento contra los guardias. Rodrigo seguia mirando a su hermano muerto y Lope le estaba intentando tranquilizar. El extranjero, una vez mas sonrio, pero esta vez de forma amplia, su dentadura era perfecta.

- Cariño, me parece que les debemos una esplicacion a todos estos señores. La reunion era una farsa, completamente, desde el principio hasta el final. Hemos sido nosotros quiernes hemos llamado a la guardia.- A mitad de la frase Rodrigo, se levanta rapidamente. Hace un momento parecia un conejo asustado y ahora sus manos estrangulaban con fuerza el cuello de Luciano.

Luciano en cambio, escabullia su mano en uno de los bolsillos de su chaqueta, mientras su cara se ponia roja y saco una daga pequeña, pero muy afilada. La daga se introdujo facilmente en el pecho y Rodrigo cayo al suelo. La sangre inundaba sus pulmones y se estaba ahogando lentamente. Todos os quedasteis petrificados por la escena y con la ayuda de la dama Luciano consiguio ponerse de pie.

-Bien, ahora podre terminar mi explicacion, verdad señores?- Su cara seguia roja, y sus venas sobresalian del cuello, su respiracion era entrecortada.- La asociacion, no podia confiar en vosotros hasta que no hicierais algo por ella. Este enfrentamiento a sido una forma de poneros a prueba y aunque he visto algunos actos de cobardia, creo que sereis admitidos.

-Si hay alguien mas que no esta de acuerdo con la forma en la que hacemos las cosas en la Asociacion, es tarde para dar media vuelta. Nuestra querida señorita, nos llevara ahora mismo a la reunion, asi que no os preocupeis.

Lope estaba temblando de ira, y su mano agarraba el pomo de la espada, pero no se movio. Augusto en cambio parecia algo mas tranquilo, y despues de aclararse la voz se dirigio a Luciano.

-Una gran idea señor, no me esperaba menos de esta organizacion.
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Mensaje por Van Hoffman » 03 Dic 2008, 01:20

Don Nuño de Salazar y Olalde

A Nuño le iba a estallar la cabeza. Se había quedado paralizado tras las palabras de la elfa, y vio impotente las reacciones de sus compañeros, que no diferían mucho de la suya. Finalmente, Luciano se adelantó y habló. ¡Aquel condenado les había llevado a una reunión falsa y había llamado a la guardia! ¡Les había vendido! Nuño, enfurecido, vio como Rodrigo no aguantaba más y se lanzaba al cuello del anfitrión. Velasco cayó al suelo, sangrando por una herida en el pecho. Luciano le había clavado una daga mientras trataba de estrangularlo. El enfado de Nuño fue en aumento, y tras oír que todo aquello no había sido más que una pantomima, una prueba para comprobar su lealtad, sus puños se cerraron y sus venas se hincharon. Las palabras de Augusto expresando su agrado no ayudaron a los nervios de Nuño. No pudo más. Aquello le sobrepasó. Su cordura había sido violada. Se arrojó sobre Luciano y le agarró de la blusa con los puños cerrados.

- ¿¡Cobardía!? ¿¡Cobardía!? ¡Pero como se atreve! ¿¡Usted sabe quien soy!? ¡Un importante miembro de la corte, con influencias y poder como yo no puede permitirse descubrirse así como así! -Nuño miró de reojo a Don Rodrigo, desangrándose en el suelo, y recordó la daga de Luciano. Nuño soltó la blusa y dio unos cuantos pasos atrás- ¡Esto es inadmisible! ¡Se nos ha engañado, humillado e incluso asesinado! -añadió señalando a Velasco- ¡Más les vale que todo esto haya valido la pena porque créanme, no les interesa tener en contra a un Salazar!

Nuño le dio la espalda a Luciano y fue junto al enfurecido y nervioso Don Lope. El embajador le puso la mano sobre el hombro y compartieron miradas de ira hacia el anfitrión.
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Mensaje por Weiss » 03 Dic 2008, 01:42

Carlos de Reikland

Toda la magia se había desvanecido al momento. Lo que le había parecido una situación casi idílica, se transformó en instantes en un grotesco espectáculo. Todo aquello había sido una farsa. Supuestamente el mismo Luciano les había invitado a su casa, y avisado a la Guardia, en una especie de macabra prueba para decidir quién era digno de entrar en la Organización y quién no.

Muchas de las esperanzas que Carlos había depositado en la Organización de disiparon de repente. Solo eran una panda de gente sin escrúpulos, capaces de asesinar a sangre fría a cualquiera. Carlos estaba furioso. Tanto uno de los hermanos Velasco como Teodor habían muerto, y a Leonardo le faltó poco para contemplar la cara de Morr. Agarró con fuerza el puño de la espada de Enrique. Debía contenerse para no decapitar a Luciano en aquel preciso instante.

Pero una vez más, y contra todo pronóstico, la situación volvió a empeorar. Rodrigo, al darse cuenta de que la muerte de su hermano había sido totalmente inútil, arremetió contra Luciano. Le agarró por el cuello y le levantó del suelo, apretándole el cuello con sus poderosas manos. La respuesta de Luciano fue inmediata. Sacó una daga de entre las ropas y se la clavó a Rodrigo en los pulmones. Automáticamente, le soltó y cayó al suelo, agitándose mientras se desangraba. Luciano se limitó a colocarse bien el cuello de su camisa y mirar con desprecio a Rodrigo, que vivía sus últimos momentos.

Ver aquella escena fue como volver a contemplar la muerte de Javier Velasco y de Enrique Teodor, pero esta vez fue mucho más doloroso, pues había visto lo inútil y superfluo de las muertes. El verdadero asesino allí era Luciano, no los Guardias...

Un dolor recorrió a Carlos mientras veía morir a Rodrigo y luchó para no cargar también él contra Luciano. Se limitó a agarrar con aún más fuerzas la empuñadura de la espada y contener las lágrimas. Después, fue Augusto el que habló. Aunque había tenido buena impresión de él, constató que no era más que un maldito mercenario oportunista, tan despreciable como Luciano.

Nuño parecía furioso, al igual que Lope, que también se esforzaba por contenerse.

Fue Nuño el primero que actuó, avanzando hacia Luciano e increpándole. A Carlos, Nuño le había parecido un idiota, pero ahora se dio cuenta de que era un hombre valiente, que se había atrevido a enfrentarse a Luciano, después de haber visto lo que le había hecho a Rodrigo. Cuando acabó de gritarle, retrocedió y se colocó junto a Lope, poniéndole una mano en el hombro.

Ahora actuaría Carlos.

Con la espada de Teodor apoyada en el hombro, simplemente avanzó hacia Luciano, le miró a los ojos con una mirada de total desprecio y escupió a sus pies. Repitiendo lo que había hecho Nuño, se acercó a Lope y le puso la mano en el otro hombro. Ahora ya sabía con quién valía la pena estar...

Allí, bajo la blanca nieve solo manchada por la sangre de Rodrigo, los tres hombres miraban desafiantes a Luciano...
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Mensaje por El_Bardo » 03 Dic 2008, 13:48

Raúl Bernandéz

Todo había sucedido muy rápido, apunto de escapar por el pasadizo la Guardia se retira y aparece la elfa, luego en la entrada el apuñalamiento de Rodrigo y los enfados de mis compañeros, maldita Organización. Aún con la espada corta puesta en el cinturón de mi toga la desenfundo y me encaro a Luciano:

-Myrmidia ya no estará de su parte y espero que Morr no le guarde una ultratumba en su reino fantasmal por que ni se la merece asesino, pondré precio a tu cabeza en Bilbali y haré saber a toda la Orden de los Caballeros del Sol Llameante de lo ocurrido en esta mansión, has malgastado vidas inútiles en la Guardia y incluso gente "importante" muerta ¿ no tienes miedo hijo de goblin Luciano?, en un principio quizás halla sido un cobardo pero yo por lo menos he salvado la vida de un miembro de está Organización según tú Luciano.- Tras mi discurso quito la punta de la espada corta del cuello de Luciano y la guardo en el cinto, veo la muerte de Rodrigo y un gran charco de sangre en la fría nieve...
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Kekester
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Mensaje por Kekester » 06 Dic 2008, 18:05

Los acontecimientos había cogido a la mujer de improvisto, puesto que esperaba un grupo con una explicación ya recibida y con afán de llegar a la reunión verídica.

La elfa vio cómo Luciano asesinaba a sangre fría a uno de los componentes del grupo, y sólo pudo apartar la mirada, suspirar imperceptiblemente y tratar de calmar al caballo.

Luego, conforme maldecían y criticaban los presentes, y se reunían para compartir miradas de desprecio hacia Luciano, la elfa descendió del corcel y cruzó el umbral de la entrada, quizá con el fin de resguardarse de la nieve.

- Está bien, señores. Aplaudimos vuestra valentía y vuestra valía. Pero déjense de discusiones sin fundamento. -La elfa esperó a que todos estuvieran pendientes de ella. Se acarició el cabello-. Soy Shi-Mäe de Quenelles, y soy quien os ha de guiar a la verdadera reunión de la asociación. Me gustaría que comprendierais que todo esto ha sido necesario. ¿Acaso os gustaría que, en la verdadera reunión, la mitad de los presentes huyera ante el ataque de un grupo de guardias? ¿Os gustaría que entre los presentes figurase un espía del Rey? ¿U os gustaría que uno de los presentes atacase al organizador? Simplemente, Luciano se ha ocupado de que eso no ocurra. Deberíais sentiros orgullosos de pertenecer a una Asociación que cuida la lealtad y firmeza de sus miembros, en lugar de encarnizaros con Luciano.

Shi-Mäe estuvo segura de que su discurso iba a dar resultado, pero... tan pronto terminó de hablar, no pudo reprimir una momentánea mirada de soslayo a los cadáveres de Rodrigo y su hermano. "No es momento de que pinsen en los muertos, sino en los que quedan en pie", se lamentó Shi-Mäe.
—Dime una cosa, Bronn (...). Si te ordenara matar a un bebé... a una niña de pecho... ¿Lo harías? ¿Sin preguntas?
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Mensaje por Uranga » 10 Dic 2008, 23:38

Master

Habian sido demasiadas sorpresas para una sola noche que tan solo habia comenzado. Cuando todos os fuisteis calmando, Luciano se acerco a unos arboles cercanos y dio un silbido muy agudo. Se quedo alli quieto, tiritanto del frio pero al oir unos cascos se quedo algo mas tranquilo y volvio hacia vosotros.

-Bien, Shi-Mäe nos guiara hasta el lugar donde sereis recibidos por los demas miembros de la organizacion y cada uno debera de acatar sus ordenes. Los caballos que vienen hacia aqui, son para todos nosotros, los necesitareis, el camino suele ser bastante largo.

Luciano no mentia. A pesar de llevar caballos y una guia, el viaje duro un par de horas. Los caminos del bosque estaban en desuso y en varias zonas se habian creado grandes lodazales donde los caballos a duras penas pudieron pasar. Luciano estuvo todo el viaje callado y de vez en cuando se agarraba el cuello, como si estuviera intentando paliar el daño que habia sufrido.

Al llegar a un sendero que bifurcaba, la elfa se detuvo y desmonto.

-Es aqui, bajaros y dejar los caballos atados a estos arboles, nadie los cojera.- La elfa se acerco a unos matorrales que al apartarlos dejaron a la vista una cueva. Tuvisteis que pasar agachados y la tenue luz de algunas antorchas no era suficiente para ver mas de dos metros.

Segun ibais caminando descubris que Shi-Mäe y Luciano os han dejado solos, y a ciegas, tocando las paredes con las manos llegais a algo parecido a una sala, donde las antorchas dejan entre ver varias siluetas.

Una voz de hombre es lo unico que escuchais.

-Caballeros, presentaros ante el consejo, y explicarnos vuestras razones por las que os habeis aventurado a una empresa tan peligrosa.
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Mensaje por Weiss » 14 Dic 2008, 23:59

Carlos de Reikland

Ni la intervención de la doncella élfica conseiguió calmar los ánimos de Carlos. Allí habían muerto tres hombres, pero ninguna de sus muertes había sido por cobardía, sino por el valor que demostraron, enfrentándose a sus agresores. En cuanto a la de Rodrigo, atacar a Luciano había sido la reacción lógica al saber que su hermano había muerto para nada. Por un momento, Carlos se imaginó qué haría él si alguien le hiciese eso a Carla. Tuvo que dejar de pensar en ello porque solo conseguiría ponerse de peor humor...

Contempló cómo Luciano se apartaba un poco del grupo, se acercaba a los árboles y silbaba. Al poco, varias monturas aparecían en el claro. Les explicó que las tomasen, porque el camino hasta la verdadera reunión era largo. Pero Carlos no quería el caballo de Luciano. No quería nada suyo...

Dio una palmada en el hombro a Lope, que seguía desencajado de odio y dolor, y dirigió una mirada a Nuño, antes de encaminarse hacia el bosque, pasando justo al lado de Luciano. Cuando éste le ofreció las riendas de un caballo, Carlos no las tomó. Solo le miró y con la misma expresión con la que le había escupido a los pies antes dijo:

Guárdese su caballo donde le quepa. Iré a por el mío.

Sin siquiera mirar atrás, Carlos se adentró en los árboles, buscando a su magnífico semental negro. Tardó un poco en encontrarlo, pero su color negro destacaba sobre el blanco que predominaba en el paisaje. Acercándose a él y acariciándole la cabeza para tranquilizarlo, Carlos cogió las tiendas y lo condujo otra vez al claro. Una vez llegó allí, todos estaban ya montados, y Carlos dirigió una mirada a la elfa para indicarle que ya podían partir.

La cabalgata fue larga en verdad, aunque Carlos iba ensimismado en sus pensamientos, por lo que no acusó demasiado la longitud del viaje. Cabalgó junto a Nuño y a Lope, aunque ninguno estaba especialmente animado para dar conversación. Pero el estar juntos les hacía sentirse más fuertes, más protegidos, sabiendo que todos pensaban igual. Solo una cosa llamaba su atención, además de darle satisfacción, y eran los gestos de dolor de Luciano cuando se llevaba las manos al cuello. Ante esto, Carlos no podía disimular una sonrisa...

Ojalá no tuvieses cuello para que te doliese... Seguro que tu cabeza estaba mejor a unos cuantos metros de tu tronco...

Después de otro rato, llegaron a un punto en el que el camino se bifurcaba. Se les ordenó bajar y dejar los caballos allí, así que Carlos desmontó y ató su bestia a un tronco cercano. La elfa les enseñó una cueva, oculta detrás de unos matorrales, y les indicó que por ahí era por donde debían seguir. Carlos no tardó en darse cuenta de que después de haber empezado a andar, tanto Lucino como ella habían desaparecido, dejándoles solos en aquella opresiva oscuridad. Se llevó la mano a la hoja de Teodor, que ahora llevaba sujeta al cinto. No se fiaba de nadie, y más valía estar prevenido...

Al final, llegaron a lo que parecía una sala en la cueva. Reinaron unos instantes de silencio incómodo, ya que nadie sabía cómo seguir al haber perdido la referencia de la pared y las antorchas. Entonces, una voz habló:

Caballeros, presentaros ante el consejo, y explicarnos vuestras razones por las que os habeis aventurado a una empresa tan peligrosa.

Carlos no sabía exactamente de donde había venido la voz, así que no sabía hacia donde mirar para responder. Unos segundos después, era él quien hablaba.

Mi nombre es Karl Von Grosskopf, y pertenezco a los Von Grosskopf de Castillo Reiksguard, en Reikland. Estudio las artes de la Medicina y la curación, y soy miembro del grupo conocido como "Hombres Libres". Acudí en busca de justicia, de igualdad, de un sistema mejor para todos. Pero en vista de lo que he presenciado hasta ahora, no sé si me he equivocado de sitio...

Cuando acabó de hablar, sus palabras resonaron en la cueva, hasta que se fueron perdiendo. Ahora sería el turno de los demás...
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Mensaje por Van Hoffman » 15 Dic 2008, 02:22

Don Nuño de Salazar y Olalde

Nuño quedó momentáneamente paralizado por las palabras de la recién presentada como Shi-Mäe. No era por su belleza, ni por su forma de decirlas, si no por el echo de que, aunque le costase aceptarlo, tenía razón. Aun así, se sentía profundamente ultrajado y humillado. Habían atacado directamente a su orgullo, y si algo tenían los Salazar, era orgullo. Atreverse a llamar cobarde a un Salazar, hidalgos desde hacía siglos, en Ávila hubiese supuesto la horca, como mínimo. Sin embargo, no estaba en Ávila, y debía tragarse por unas horas más su orgullo y altivez.

Luciano se apartó del grupo y silbó, y unos caballos aparecieron de entre los árboles. El “anfitrión” les informó de que debían montar para llegar a la verdadera reunión. Una muestra más de la descortesía y falta de educación de la Asociación, según Nuño. Vio como Carlos despreciaba el caballo que le ofrecía Luciano, alegando que tenía uno en alguna parte. Mientras el reiklandés se marchaba a por su montura, Nuño ayudó a Leonardo a levantarse y a subir a su caballo. A pesar de todo, Leonardo había mostrado su indignación, igual que Nuño, y aunque jamás se hubiese rebajado a prestar ayuda a nadie, ayudó al hombre herido. Tras ello, él mismo montó en otro, y finalmente volvió Carlos con su corcel negro.

La marcha duró dos horas, dos horas que a Nuño se le hicieron eternas. Mientras se movían, Nuño mantenía la cabeza gacha, con la mirada perdida casi a nivel del suelo. Su integridad mental estaba al borde del colapso. Su habilidad dialéctica no le había servido de mucho en el ataque de los guardias. ¡Incluso Carlos, un medicucho imperial, había hecho más que él! Miró de reojo a Augusto, con una mirada fría y mortal. Deseó clavarle la daga en el vientre; o mucho mejor, desmembrarlo con el letal arte de la política. Después, miró a Luciano. Sin embargo, mientras cabalgaba, su opinión acerca de él, cambió. Pensó que quizás tuviera razón; que había actuado cobardemente. Durante su infancia, Nuño había sido entrenado en la esgrima por el Maestro Ordoñez, uno de los mejores espadachines del reino de Ávila, y su habilidad con los estoques (o dagas si se terciaba) no era poca. Podría haber luchado junto a Carlos o Lope, en lugar de esconderse como un miserable. Pero no. Todos aquellos sucesos formaban parta ahora del pasado, y debía olvidarlos. Ahora debía ser fuerte. La reunión iba a llevarse a cabo, y debía mostrarse íntegro y cuerdo, en sus mejores capacidades. De repente, el cuerpo de Nuño, que había estado encorvado desde que montó al caballo, se puso rígido, y su cabeza se elevó hasta casi mirar hacia el cielo. Una sonrisa surgió en su rostro, y azuzó a la bestia para que cabalgase con más dignidad. Ahora sería un Salazar; un noble avilés, y nadie se lo impediría.

Tras dos horas, llegaron a la entrada de una cueva, donde Luciano les dijo que desmontaran y se adentrasen en ella. Nuño arqueó la ceja izquierda y miró con prepotencia al tileano. Sin rechistar, se bajó del caballo de un salto. Esta vez, no ayudó al tullido de Leonardo a desmontar, ahora se sentía fuerte e importante. Con paso firme, y sin, aparentemente, importarle el echo de estar caminando cueva adentro, continuó adelante hasta que llegaron a una sala. La oscuridad le impedía ver, pero varias antorchas mostraros unas siluetas, y oyó una voz que les habló, pidiendo que se presentasen. Oyó hablar primero a Carlos. “Vaya, parece que el medicucho es más importante de lo que creía...” pensó Nuño. Cuando el reiklandés acabó de hablar, Nuño se adelantó. Ahora sería él el importante.

- Nobles miembros del consejo -dijo con una pomposa reverencia, al más puro estilo cortesano- Nada me complace más que estar hoy aquí frente a estos ilustres caballeros. Mi nombre es Nuño de Salazar y Olalde, de los Salazar de Ávila, embajador de mi señor, Federico III de Girón, aquí, en Diamanterra. Mi humilde propósito, y el de mi señor y todo el reino de Ávila, no es otro que el de acabar con ésta corrupta, decadente y pecaminosa monarquía, que no trae más que problemas a todos los buenos hombres de este reino. Sin lugar a dudas, nuestra noble causa está destinada al éxito, pues esa es la voluntad de Verena. Caballeros, solo pido justicia para los hombres honrados de esta tierra.

Nuño acabó su discurso con otra reverencia. Estaba seguro de que se ganaría a cualquiera de los presentes, incluidos los que habían presenciado sus reprochables actos.
Última edición por Van Hoffman el 07 Ene 2009, 13:07, editado 1 vez en total.
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Mensaje por El_Bardo » 16 Dic 2008, 01:21

Raúl Bernandéz

Bueno ha llegado la hora...

-En mi caso señores y señorita, tuve un familiar en la gloriosa Orden de los Caballeros del Sol Llameante y quizás no habrá podido venir a esta reunión y temo que lo hallan asesinado, ya qué me encontré en la Iglesia de Mirmydia una carta hablando de otra "reunión".- La palabra reunión se refería a la estrategía del señor Luciano.- Espero servirles con honor y valentía, me llamo Raúl Bernandéz, Iniciado de Mirmydia y próximo aspirante a Caballero del Sol Llameante para servirles.
Si miras esto eres cotilla ¿lo sabias?.

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Alexander d'Athayde
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Mensaje por Alexander d'Athayde » 22 Dic 2008, 06:49

Leonardo Ortega del Castillo

Las horas pasaron lentas y largas, Leonardo salìa de su incredulidad al saber que su vida se habrìa perdido en vano... Era increìble lo que habìa sucedido estas ultimas horas. El diolor en su costado castigaba severamente y los puntos de sutura ardìan como rojas brasas atizadas por el mas grande fuelle enano. Mientra cabalgaba totalmente ensimisado, no dejaba de ver en su mente cada momento tras dejar la casa: la hermosa elfa, el engaño... A solo escuchar las palabras de Luciano, sus pies fallaron y cayo de rodillas. Su mano derecha ya no sujetaba nerviosamente el pomo de su espada, ahora sus hùmedos ojos se hallaban tras ella, y su mano izquierda se aferraba a su herida. No tuvo valor para reaccionar allì, tan sòlo una fugaz mirada compasiva a Lope. Allì los recuerdos de la casa de su padre quemada en la vieja villa de Castellòn y de sus dos hermanos ahora perdidos sepa Myrmidia donde, lo atacaron como puñales embebidos en hiel en sus sienes, en su corazòn... En su alma.

Tal vez darse cuenta que el estar allì por ellos, por la dulce venganza, por ver a los sucios responsables por fin pagar por toda la sangre en sus manos... Tal vez eso lo hizo levantarse y seguir a los demas, unos pasos por detràs... Batallando con su dolor de cabeza que ahora le resultaba tremendamente nsoportable, logrò continuar tras la elfa y sus camaradas.

Luego, cuando bajaron de los caballos y penetraron en la caverna, se oyò aquella voz que los "invitaba" a presentarse. Leonardo llegò un poco atrasado, trastabillando en la oscuridad, y sòlo llego donde sus compañeros luego de las presentaciones.

Tras recuperar un poc el alineto dijo:
- Mi nombre es Luciano Ortega del Castillo, hijo de Abelardo del Castillo de Castellòn, en las afueras de Castañeiras. Estoy aquì al igual que mis camaradas porque quiero justicia. Quiero limpiar la mancha que fue el cruel asesinato de mi padre, mi madre y mi hermano mayor, y la perdida de mis hermanos menores con quienes no he logrado dar tras cuatro años de intensa bùsqueda. Mi familia sòlo querìa lo mejor para la gente del pueblo, pero eso fue demasiado para la gente de Diamanterra. Ahora es mi turno, y estoy aquì para ver caer esta impìa Casa que nos gobierna.

El cansancio era evidente en su voz, y por màs que el odio le habia dado fuerzas para continuar su introducciòn, sintio un ligero mareo e hizo acopio de sus ya casi agotadas fuerzas para no perder el equilibrio y apoyarse sobre una de las paredes del lugar.
Mirá que me pongo el sombrero picudo y agarro la varita, eh?

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Uranga
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Re: La Conspiración

Mensaje por Uranga » 18 Ago 2009, 22:37

Vuestras propias voces parecían viajar de nuevo hacia vosotros en un eco silencioso, y aunque no sabrias como explicarlo os sentíais tremendamente asustados. Lope quedo mudo cuando intento hablar y Augusto no dejo de alabar a la organización de una forma hilarante.

Al cabo de varios segundos una luz resplandeciente os ciega momentáneamente y os tenéis que agarrar a los muros de piedra de la cueva para no perder el equilibrio.

Cuando sois capaces una vez más, de abrir los ojos, una mesa redonda de piedra aparece ante vuestros ojos, como si llevase todo este tiempo allí, y quizás lo estuviese. A vuestra espalda Luciano y Shi-Mäe han desaparecido. En la mesa, un hombre con una máscara os hace un gesto para que os sentéis. En la cueva, no hay más adornos que las antorchas que acaban de encenderse, la mesa central y media docena de sillas. Cuando acabáis de sentaros todos, el hombre se levanta y empieza a pasear por la estancia, poniéndose detrás de Nuño.

- Comprendo las caras de algunos de vosotros, pero tenéis que entender que para nuestra meta, cualquier medio es necesario. Mi nombre en clave será Rolf, y asi es como quiero que os dirigais a mi mientras estéis aquí. Como colaboradores de esta organización, deberéis de sernos útiles a nosotros y a nuestra querida patria.- El hombre comienza a moverse de nuevo hasta situarse de nuevo, en su silla.- Mañana a la noche habrá una cena en el Palacio de los Espejos de su Majestad, la Reina Obesa, acudirán a ella todos los nobles de la zona con animo de beber y comer hasta lo impensable, mientras el pueblo se muere de hambre.-El timbre de la voz ha cambiado mientras habla, y puede percibirse la furia en cada una de las palabras pronunciadas.

- Vuestro cometido será, envenenar el vino que se servirá en palacio con esta sustancia.-Extiende una bolsa de cuero oscuro, bien atada y la deja en la mesa. Se trata de un veneno altamente peligroso, asi pues tened cuidado y echard una pizca en los barriles de vino que se usaran en la comida.
Al decir esta frase, ois un leve sonido que proviene de fuera. Rolf sale a ver que sucede, pero vuelve en un instante.

- Sera algún animal. La fe de todos nosotros esta puesta en vuestra misión, no fracaseis.

Dicho esto, sale de la cueva y desaparece en la oscuridad del bosque
Siente el WAAAGH dentro de ti

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