Acólitos I: Chispas

Si te asomas al abismo...te devolverá la mirada. Dirigida por Nirkhuz

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Re: Acólitos I: Chispas

Mensaje por Nimref » 14 Nov 2010, 22:43

Mens Joliah

Todo ocurrió muy deprisa: nada más escuchar el mensaje del inquisidor, los guardias irrumpieron en la habitación y los sacaron. Vio como Dariel trataba de resistirse antes de caer inconsciente y como Drake fue reducido con un látigo de energía. Él, por su parte, se entregó dócilmente (sabedor de la situación) seguido por el adepto Gustave Bernal.

Chico listo... pensó, al ver la actuación de su compañero.

Entre empujones y agarrándoles fuertemente de los brazos (o yevándolos a cuestas, en el caso de sus compañeros combatientes) los sacaron y los introdujeron en un vehículo terrestre, encerraron en el habitáculo (si es que tal nombre puede ser usado para la cabina que conformaba la parte trasera del camión) a oscuras, y condujeron hacia lo que, esperaban, fuera la prisión.

Allí, a oscuras, pudo oír los jadeos de sus compañeros y, en el fondo, esperaba que no hubiera nadie más. Por si acaso, usó palabras que no pudieran ser entendidas por cualquiera.

Tranquilos, todo está bajo control... Ha sido asunto del... "jefe" -dijo con voz tranquila y medio entrecortada, casi intentando pedir disculpas por no haberles avisado a tiempo.
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Re: Acólitos I: Chispas

Mensaje por Nirkhuz » 08 Dic 2010, 13:54

El vehículo se movía velozmente por la superficie planetaria, haciendo pequeñas nubecillas de polvo y arena. Mens y Gustave se miraban nerviosos, y Dariel y Drake estaban sin sentido, tirados en el suelo del vehículo, inconscientes pero vivos. Los saltos que daba en las dunas hacía que los acólitos rebotaran contra la superficie metálica del camión, haciéndose daño al no poder agarrarse a asidero alguno. Pero al menos los inconscientes despertaron. No sabían que estaba pasando. A decir verdad, ninguno de los cuatro sabía nada. El Arbites, enfadado, comenzó a gritar y preguntar que a donde los llevaban. Una pequeña escotilla se abrió, y vieron una siniestra mascara con módulos para poder respirar en situaciones peligrosas. La voz que de ella salía era siniestra y distorsionada, pero comprensible. Al parecer hablaba un gótico muy normalizado,comprensible para la mayoría de dialectos planetarios.

Soldado
Vais al Campo de las Rosas Quebradas, traidores. No sé como se os permite vivir. Si de mi dependiera, ya estaríais muertos.


Las sospechas que todos tenían se resolvieron igual de rápido que el cierre de la escotilla. A lo lejos se podía comenzar a ver una enorme estructura de plasticemento y otros minerales. Parecía una réplica a escala de una colmena de los mundos superpoblados. Pero estaba completamente rodeada por un enorme muro de roca, o algo parecido. Se veían ondear banderas con extraños símbolos que los acólitos no reconocieron, pero Gustave, tras hacer un repaso mental, identificó algunos con símbolos del Adeptus Sororitas, y otros con simbología imperial típica algo trastocada. Sin duda era un lugar importante. El vehículo se paro delante de una de las imponentes puertas. Tras un intercambio de palabras, estas se abrieron. El camión avanzó un poco más, giró hacia un lado y se frenó por completo. Los motores se apagaron. Los soldados bajaron y abrieron su puerta. Los arrastraron fuera del cubículo, y los tiraron por el suelo. Tras inmovilizarles, les encadenaron con unas esposas, atadas entre ellas con una cuerda de un extraño material extremadamente resistente. Drake, algo desorientado, sonrió levemente. Este era el lugar donde se encontraba el asesino de su madre. Su venganza se aproximaba. Mientras, Dariel estaba furioso por verse en una situación tan degradante e impropia para un Arbites, y Gustave intentaba tranquilizarse. Mens parecía el más relajado, ya que no era la primera vez que trataba con los curiosos planes del Inquisidor Loriatus. Y aunque una y otra vez se repitiera que todo era un plan de esa brillante y algo desquiciada mente, se sentía intranquilo por dentro. Todos, en definitva, lo estaban.

Fueron conducidos como si de ganado se tratara a un patio grande. Al parecer se encontraban entre las recias murallas exteriores, y unas más pequeñas, pero no por ello menos resistentes, murallas interiores. Tras las segundas se veía la colmena-prisión. Pero donde estaban, solo se contemplaba un panorama desolador. Decenas de presos, encadenados de la misma manera que los acólitos, esperaban. Los guardias transitaban entre ellos, golpeando a los más nerviosos y apuntando con sus armas a los más cobardes. Dariel recibió un golpe o dos, pero eso no frenó su lengua ni sus impulsos iracundos. Pero aún así, esperaron.

Esperaron atados horas. Horas en las que el sol salió, y comenzó a abrasarles. Horas atados y de pié, sin apenas poder moverse o susurrar. Hasta que llegaron una, dos, tres remesas más de presidiarios, y se cerraron las puertas exteriores. Los guardias abandonaron a los presos, y se pusieron en formación. De algún lugar apareció una figura cubierta por una gabardina de color granate oscuro. Llevaba una gorra muy formal, y una gran cantidad de medallas. Su cara estaba marcada por cicatrices y diversos implantes ciberneticos bastante siniestros. Una espada sierra colgaba de su costado. Era imponente, irradiaba temor. Era el comisario carcelario Ellagin Maxwell. Miró a los presos y sonrió.

Comisario Carcelario Ellagin Maxwell

La Justicia del Emperador es poderosa. La Justicia del Emperador es omnipresente. La Justicia del Emperador es dura e implacable. Nada escapa de la Justicia del Emperador, de Su severa mirada, de Su inalterable mano. Rezad, oh, Súbditos del Emperador. Rezad por la Salvación de vuestras almas. Rezad por la Redención de vuestras mentes. Pero tened claro que vuestro cuerpo esta condenado. Nunca saldréis de aquí, nunca escapareis. Sois criminales, asesinos, ladrones. Quizás encontréis la paz del Emperador tras la muerte. Pero vuestra vida... Vuestra vida ahora nos pertenece.


Se escucharon algunos susurros, pero una simple mirada sirvió para acallarlos. Maxwell continuó con su discurso.

No esperéis que esto es un campo penitenciario cualquiera. El Campo de las Rosas Quebradas tiene una razón de ser: la recogida de minerales. Vosotros tenéis la obligación de trabajar. De trabajar para El Emperador. De trabajar para sus súbditos. Cada semana tenéis que entregar una cantidad fijada de mineral útil. Esa es la única norma. No os vigilaremos. No os someteremos. Trabajad, y podréis vivir en paz. Apenas notareis que estáis en una prisión. Pero fallad, oh, fallad y el castigo será terrible. Deseareis la muerte, deseareis el fin. Como si el discurso hubiera acabado, el registro vocal del comisario cambió. Ahora no parecía nada formal, pero inspiraba incluso más terror.No os registraremos, por que no me importa una mierda si lleváis un cuchillo, una pistola o una jodida granada. Matad a vuestro compañero. Venga, hacedlo. No me importa. Es más, me alegrará, ya que librareis al Campo de las Rosas de un cabronazo más. No me importa si hacéis una banda y os creéis los señores del centro. Si me da la gana, entraré ahí y empezaré a chafaros como os jodidos insectos que sois. Con que nos entregueis la cantidad de mineral establecida, todos viviremos mejor. Así que haced lo que queráis. Sois libres, sí. Sois libres de elegir la forma de morir. Alegraos, cabrones. Eso es más de lo que pueden decir la mayoría de presos de Su Glorioso Imperio.
Con estas palabras, Maxwell se retiró. Los guardias formaron grandes colas de reclusos, que lentamente se ponían delante de la puerta de la muralla interior. Estas puertas se abrieron, y los reclusos, como hormigas, comenzaron a pasar.

Cuando los acólitos se acercaron, consiguieron ver por que la cola avanzaba tan lentamente. Unos tipos con extrañas túnicas y con los ojos tapados registraban a todos los reclusos. Paso a paso, los acólitos se empezaron a acercar, y Mens notó algo raro. Oh, no. Esos tipos eran psíquicos. Eso NUNCA era buena señal. Cuando pasó Dariel, los tipos le miraron con sus ojos ciegos y le dejaron pasar. Lo mismo pasó con Drake y Gustave. Pero al llegar Mens, los ciegos reaccionaron. Le observaron e hicieron señas y movimientos con sus manos. El mismo comisario carcelario se acercó.

Comisario Carcelario Ellagin Maxwell

¿Qué pasa?
Dijo con un tono fuerte y terrible.

Psíquico ciego

Este hombre, señor. Este hombre. Es un psíquico.


Maxwell le miró con cara impasible. Luego habló.

Comisario Carcelario Ellagin Maxwell

Bien. Haced lo que debais, y
se giró y señaló a tres guardias vosotros llevadlo al Pabellón III.

Mens fue encadenado de pies y manos con unas esposas aún mas pesadas y dolorosas. Le pusieron un casco de metal, que le tapaba toda la cara, y le inyectaron un extraño suero. Comenzó a gritar. Eso no estaba planeado. ¿Qué estaba pasando? En medio de una retaila de gritos de miedo y dolor, Mens fue arrastrado por los tres guardias. Mientras, los otros acólitos miraban aterrados. Ellagin Maxwell lo advirtió, y sonrió. Con una severa risotada, dijo a todo pulmón.

Bienvenidos al Campo de las Rosas Quebradas.
Con D de Dados: Rol, wargames y demás chorradas.

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