Elogio de la muerte

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Elogio de la muerte

Mensaje por kurgan » 06 May 2011, 15:07

2 de Sigmarzeit, año imperial 2521, ciudad de Trantio

Roberto Monferrato, comandante de la milicia de Trantio, escupió para alejar la mala suerte cuando uno de sus subordinados retiró la manta que cubría, piadosamente, al cadáver.

Roberto no era ajeno a la visión de la muerte. La había visto en muchas de sus formas: cuerpos hinchados y retorcidos por la peste, cuerpos retorcidos y convertidos en blasfemias por las mutaciones, hombres hechos pedazos por las garras y dientes de monstruos. En esta ocasión, el cadáver era un cuerpo de mujer hermosísimo hasta el cuello. A partir de ahí, se convertía en una ruina ensangrentada, destrozada por varios golpes que le habían hundido el cráneo. Los ojos eran cuencas moteadas de sangre, sin rastro de los globos oculares.

-Ésta es la quinta-murmuró Monferrato-La quinta en menos de un año.

El sumo sacerdote de Morr, el hermano Poliziano, negó con la cabeza.

-La sexta, signore. Todas las víctimas han sido elegidas por el mismo patrón: mujeres jóvenes y plebeyas, ligadas a alguna casa comercial, y sin rastro de enfermedad ni mutación. Todas muertas cuando Morrslieb está en luna llena. Los sacerdotes especulan que puede tratarse de una maldición, el pueblo murmura.

Monferrato se rascó la barba. Las habladurías del pueblo le importaban poco, unas cuantas jóvenes muertas menos, pero los rumores habían llegado hasta los oídos del Príncipe y lo estaban poniendo nervioso. Y cuando el Príncipe se ponía nervioso, hacía empalar a gente en estacas para calmarse, a menudo al azar. Monferrato no tenía ganas de que él o alguien de su familia acabase empalado, así que, había razonado, sería mejor atender a las peticiones de ayuda del templo de Morr para encontrar al misterioso asesino de mujeres.

-Bueno, ¿Y qué deseáis que haga, páter? No puedo poner escolta a todas las jóvenes de la ciudad en los días de luna llena de Morrslieb. Que por cierto, ¿cuándo es la próxima?

-El día 17, según creemos. Aunque no estamos seguros: no la llaman la luna del Caos por cualquier cosa, y más de un astrónomo ha enloquecido intentando establecer una pauta en sus crecimientos y decrecimientos. Pero escuchadme, no hay por qué guardarlas a todas. Me he dado cuenta de que existe un patrón en los asesinatos. Algo que nos permitirá predecir, hasta cierto punto, dónde se producirá la siguiente muerte...

17 de Sigmarzeit, año imperial 2521, ciudad de Trantio

Una campana lejana redobló por duodécima vez, y con un último suspiro de hastío, María Bellucci se alejó del balcón. Estaba claro que Marco Colombo iba a faltar a la cita que le había prometido

Una pena, ciertamente. Aunque Marco no era el más guapo, el más adinerado, ni, bien lo sabían los benditos dioses, el más espabilado de los descendientes del famoso explorador, era el único que había caído en las redes de la joven cortesana. Ella misma era una hija de familia vulgar, que apenas conseguía codearse con la nobleza gracias a su belleza, juventud y el haber sido amante de uno de los Ariorzo. Su protector le había conseguido un puesto como dama de compañía de una de las niñas de la familia, pero últimamente se había cansado de ella en favor de una nueva compañía, con la veleidad típica de los hombres de alta cuna.

El último baile de máscaras de los Antonelli, al que había acompañado a su joven protegida, brindó una oportunidad de oro para deslizar una nota en la manga de un galán de la casa Colombo. Según planeaba Bellucci, sería relativamente fácil seducirlo y extraer de él caros regalos que, como Colombo, podría permitirse. Lo que no sabía la cortesana, confundida por la gran cantidad de Marcos que componían el prolífico linaje, es que su elección pertenecía a la rama más pobre de la familia, y que apenas tenía suficiente para comer él mismo...

Exasperada, se volvió hacia el pasillo en sombras. Esta ala de la mansión estaba dedicada a la diversión y a la vida social: una galería de armaduras, otra de retratos, un salón de baile, una sala de esgrima. Durante la noche permanecía vacía, excepto por la ronda de un guarda al que María había comprado. Ese mismo guardia estaba ahora de pie ante ella, y María tomó aire para preguntarle por qué cuando se dio cuenta de que aquella figura no era el guardia.

Entonces, la figura avanzó hacia ella con un borrón de movimiento y le tapó la boca bruscamente, derrumbándola antes de que pudiese decir palabra.

El candelabro sonó, metálico, al dar contra el suelo y apagarse.

XXX

Con un último esfuerzo, Marco Colombo, el primero de los nueve varones de la rama de la Piazza Vella, se aupó por la enredadera que cubría un flanco de la mansión de los Ariorzo. Le había causado ciertas dificultades esquivar a los guardianes de la casa y a sus perros, pero no era novicio en lides de amor. Ahora, esperaba, se encontraría con su cita y... ¿Pero qué era eso? ¿Estaba acompañada?

Nimref, puedes empezar a partir de aquí. Te encuentras con el cuerpo a medio pasar por la baranda de un balcón al que, en la mejor tradición romántica, has subido para encontrarte con una bella doncella que te pasó un billete en el último baile de máscaras y que, por lo que sabes, es una pariente lejana de los Ariorzo o algo así.
Desde donde estás, puedes ver una habitación completamente en sombras, y, en el suelo, a dos figuras al parecer forcejeando. Lo único que se escucha es un murmullo bajo. Llevas contigo tu espada.

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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por Nimref » 09 May 2011, 20:19

Marco Colombo

Estaba cogiendo la costumbre de subir por enredaderas para encontrarse con hermosas damiselas y pasar una romántica velada con ellas antes de olvidarlas y, no podía negarlo, le gustaba hacerlo. No obstante, el visualizar a otra figura junto a "su" dama, era algo que a Marco Colombo no le gustaba, y por su honor, que le haría saberlo.
Intentó subir por la barandilla para ir directo al pasillo, ese malnacido desearía no haber pretendido yacer con la misma mujer que Marco Colombo...de los verdaderos tileanos, claro está, no de cualquier Colombo. Más, ¡qué veía! Ese hombre forcejeaba con la muchacha, sin el consentimiento de ésta. Claro: la doncella, loca por Marco, se vio asaltada por un vulgar bellaco que pretendía aprovechas lo conseguido por el espadachín.

Nadie se beneficiará de mis éxitos salvo yo... pensó, al tiempo que desenvainaba su espada y se dirigía, atravesando la puerta, hasta donde se encontraba la pareja.

-Atrás, bellaco -dijo, alzando la espada- Mi nombre es Marco Colombo, márchate o prepárate a morir.
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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por kurgan » 10 May 2011, 11:01

17 de Sigmarzeit, año imperial 2521, ciudad de Trantio

Palazzo de los Ariorzo


¡Osada es la juventud y la ignorancia! Con un diestro movimiento de esgrima, practicado en las largas horas de entrenamiento en la polvorienta sala de armas de la mansión familiar, Marco Colombo desnudó su acero, adoptando una pose de espadachín. Pero su oponente no era ningún galán que le hiciese la competencia...

En ese momento, una nube se disipó y descubrió los rayos verdosos de Morrslieb, en su plenilunio. A medida que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, Marco vio la tonalidad verdosa de su propio acero, y la forma de una de las figuras, que se irguió casi inmediatamente y se adelantó un paso. La otra permaneció en el suelo,

Una vez de pie, Marco Colombo pudo apreciar la figura en sus aterradoras dimensiones reales. El hombre, cubierto con una capa negra hasta la rodilla, era tan alto como Marco o quizá más, con una figura de cerca de dos metros. Más aún, tenía una descomunal amplitud de hombros, y los brazos, desnudos, eran musculosos y rematados en manos fuertes y anchas. Iba calzado con unos zapatos extraños, que parecían hacerse más grandes en la punta.

-Marr... ¿Marrrquio Colombbbo?- dijo con una extraña voz gutural, y, con un movimiento nervioso de la cabeza, retiró la capucha.

Entonces, Marco pudo ver la cara de su oponente. Y no era la de un hombre. Carillos y pómulos sobresalientes destacaban sobre una boca hundida y babosa, y dos ojos brillantes surgían en el rostro sin nariz. Las orejas eran gigantescas, más grandes que una mano. Los dedos de los pies, pues los llevaba desnudos, se abrían como los de un lagarto y eran extremadamente largos. Y, con un movimiento fluido, se preparó para lanzarse hacia delante...

Todo esto había transcurrido en cinco o seis escasos segundos desde que Colombo diera la voz de alarma. Unas voces acogieron a la suya, y pronto resonaron pasos en el corredor, y gritos desde el jardín. Los agudos sentidos del oponente de Marco se percataron y, mientras se abalanzaba hacia éste, bramó un chillido agudo y estremecedor. Ante los aterrados ojos del tileano, su cuerpo pareció deshilvanarse, deshilacharse, perder su consistencia. Un vaho repugnante inundó las fosas nasales de Marco, que se dobló en una arcada, y contra su cuerpo chocaron una capa oscura, sofocándolo, y un montón de pequeños impactos, tantos que casi lo derriban al suelo. Horrorizado pero entero, el tileano tuvo la sangre fría para comprobar que los golpes los había producido una inmensa masa de decenas, cientos, miles de cucarachas enormes y negras que, como dirigidas por una única voluntad, se desplazaron hacia la pared del palazzo.

Un par de las fétidas cucarachas perecieron bajo sus botas. Otras se le quedaron atrapadas entre la ropa, donde mordieron y corretearon hasta que las aplastó a manotazos. Pero el enjambre descendió por el balcón hasta perderse de vista.

En ese momento, del pasillo surgieron luces y voces, y hombres armados. Los asombrados ojos de Marco pudieron distinguir a su propio tío, el comandante de la milicia de Trantio, así como el sumo sacerdote del templo de Morr en la ciudad. Los acompañaban seis hombres armados con espadas anchas y pesadas y dispuestos a usarlas, y dos ballesteros. Y, gracias a la luz de las antorchas que portaban, Marco pudo distinguir el cadáver destrozado de su cita, exhausto en el suelo entre la sangre que fluía de su garganta desgarrada.

-Ya te tenemos asesi... ¡Marco! ¿Qué haces aquí?

Off: Has fallado una tirada de Voluntad X5 al ver a tu oponente, con un 82. Quedas congelado y no puedes hacer nada ante la visión. Ver su transformación te provoca otra tirada, pero esta la pasas sobradamente con un 21, por lo que cuando los hombres llegan, estás calmado (aunque con un ligero temblor nervioso) y puedes actuar normalmente.

El comandante de la milicia, Monferrato, es primo de tu padre y bien conocido por ti. Puedes encontrar una descripción de él en el apartado de trasfondo.

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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por Nimref » 13 May 2011, 14:34

Marco Colombo

¡¿Qué demonios es eso?!

La sangre se agolpaba en la cabeza de Marco al tiempo que intentaba reaccionar. Por supuesto, no lo consiguió: no todos los días se encuentra uno a semejante aberración, más alta y grande de lo que eres, que sientes que puede derrotarte de un sólo golpe y, encima, que entiendes que tu espada no podría siquiera hacerle cosquillas.
Por suerte, el ruido del pasillo había alertado a los guardias, aunque el monstruo, además de fuerte, era hábil y mediante un truco de brujería (sólo eso podía explicarlo) desapareció. Un grupo de guardias, acompañados por Monferrato y el sumo sacerdote de Morr irrumpieron en escena.

Gracias a Myrmidia, casi acaba conmigo... -dijo, cuando aún estaban apareciendo al final del pasillo.

En ese momento, mientras terminaba la frase, pudo ver, gracias a la luz de las antorchas, a la dama a la que tan "arduamente" había cortejado, sólo para ver que estaba muerta en el suelo,y, posiblemente, no tan brutalmente desfigurada sólo gracias a su inoportuna intervención en el ¿banquete? ¿masacre? de la bestia.

Joder... era guapa... maldito demonio...

Ya tenemos asesi... ¡Marco! ¿Qué haces aquí?

De pronto, abrió los ojos como platos para contemplar como las ballestas le apuntaban y los guardias se acercaban lentamente para prenderle; al parecer, no habían visto a la bestia, pero Marco iba a arreglarlo.

¡Signori! ¡Signori! ¿No han visto al monstruo? ¡Si no he caído yo también ha sido de milagro! Signori Monferrato, sabéis que un Colombo de Piazza Bella jamás os mentiría... ¡debéis creerme! -extendió los brazos como si eso fuera a darle la razón, y después colocó sus palmas ante los guardias después de haber enfundado de nuevo la espada- Lo prometo...
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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por kurgan » 13 May 2011, 16:47

18 de Sigmarzeit, año imperial 2521, ciudad de Trantio

Palazzo de los Ariorzo


Al fondo, las campanas del templo de Morr redoblaron 12 veces, con ominoso sonido; y como si la naturaleza quisiera poner punto y final sobre la terrible escena que acababa de acontecer, una nube volvió a envolver en su halo a la luz de la luna del Caos, oscureciendo las calles de Trantio.

Afuera, en el jardín, se escuchó un grito desgarrador, seguido de un quejido inhumano. Un grito agudísimo perforó los oídos de los asistentes, y los perros de toda Trantio, como a una señal, comenzaron a ladrar. Los guardias que avanzaban hacia Marco se detuvieron a una orden de Roberto Monferrato.

-¡Quietos, perros! ¿No veis que es un pariente mío y del Príncipe? Marco, quédate aquí y no te muevas, te lo ordeno como tío tuyo que soy. Signore Poliziano, haced lo propio, y vosotros dos también. Voy a ver qué ocurre con nuestros hombres en el jardín.

Marco quedó brevemente a solas con Poliziano Colombo, sumo sacerdote de Morr, y dos de los espadachines, que, según dedujo Marco, pertenecían a la propia guardia del príncipe. Sin embargo, ni la reputación que éstos tenían como guerreros temibles le hacía sentir tanta seguridad como la presencia del cura, famoso vencedor en innumerables luchas contra las fuerzas sobrenaturales.

Era la primera vez que veía al hombre fuera de las ocasiones formales, en el púlpito o en la corte, aunque más de una vez había besado su anillo y pedido su bendición. El sacerdote era, además, el que había dado los últimos sacramentos a su madre, como mujer de alta cuna que era. De cerca, y desprovisto de la parafernalia simbólica que solía rodearlo, con una túnica negra como única vestimenta, Colombo seguía siendo una figura imponente, no tanto por su físico como por el fuego que ardía en sus oscuros ojos. Se arrodilló ante la muerta y cerró con la mano el único ojos que le quedaba intacto, mientras recitaba palabras sagradas sobre el cadáver de la muchacha. Brevemente, dio paz a su alma para que su cuerpo no pudiese ser profanado por viles nigromantes ni espíritus necrófagos.

-... in pacem.

Luego, se volvió hacia Marco con rostro de fanático. Su mirada pareció perforar al muchacho durante un largo momento, y era tan intensa que le provocó escalofríos. Quizá fuera tan solo su imaginación, pero la temperatura pareció descender en la habitación, y un zumbido penetró en la cabeza del tileano. Era noche de brujas, y había magia en el aire. Tras un rato que se hizo eterno, el sacerdote apartó la mirada y suspiró.

-No registro rastros de vil magia sobre vos, muchacho. Habláis de un monstruo. Tranquilo, que yo os creo cuando decís que sois inocente. No creo que hayáis podido causar semejantes heridas a esta mujer, que, como podéis comprobar, tiene la cabeza y el cráneo hundidos, y bien puedo adivinar por qué estabais visitando a una joven tan hermosa en medio de la noche. Decidme, ¿Cómo era ese monstruo que habéis visto?

Cuando volvió a entrar en el palacio, Roberto Monferrato estaba pálido y sudoroso, anunciando que no habían encontrado a nadie extraño, pero entre los hombres situados en el jardín habían hallado un cadáver y a otro loco de remate.

-Y el tercero está desaparecido-acabó Monferrato la macabra relación- Y uno de los perros, está destripado... Lo han roto por la mitad. El cuerpo de otro cuelga de unas ramas, destripado, como si lo hubiera hecho un ogro.

La mirada de Monferrato se desplazó hacia el lejano palacio.

-El príncipe no duerme esperando noticias de nuestra misión-señaló el capitán de la milicia.

-No le demos, pues, motivos para ponerse nervioso. Marco, nos acompañarás en calidad de testigo presencial.

Marco, con la sensación de ser una marioneta en las manos del destino, se dejó conducir a un carruaje oscuro con la librea personal de Monferrato. Tras él, dos hombres llevaban un cuerpo con la cara cubierta por una capa ensangrentada. Otro hombre, retenido por la fuerza por sus compañeros, babeaba y se retorcía, hablando de la bestia que salía del suelo.

Antes de entrar en el carruaje, Marco desvió un momento la mirada hacia la luna, distraído. Le pareció que sobre ella pasaba una fugaz sombra, quizá un buitre, un águila o algún pájaro gigantesco, ocultando por un momento la luz.

XXX

Durante el viaje, el pariente de Marco le puso al tanto de los detalles de por qué habían ocupado el palacio de los Ariorzo fuerzas del príncipe, en el marco de una acción para capturar al asesino de doncellas de Trantio:

-Poliziano Colombo, pariente nuestro por parte de la familia de Ponto Caro, es un hombre muy inteligente. Ha advertido que los asesinatos de mujeres que se vienen produciendo en la ciudad siguen un orden. Todos ellos se han producido en noches de luna llena, y las víctimas han sido, sucesivamente, miembros del personal de los Falconi, Antonelli, Sartieri, Vaschelli, Stronza y Mastelli. Es decir, criadas de las principales casas de la ciudad. En verdad, no sabíamos que ahora les tocaría a los Ariorzo, pero la pequeña rata que los gobierna teme demasiado al príncipe como para oponerse a que sus tropas entren en su casa, algo que, de proponerse a cualquier otra familia, desembocaría en poco menos que revuelta. Hemos tenido "suerte", si se le puede llamar así. Aunque hayamos llegado demasiado tarde como para salvar a la muchacha.

Monferrato hizo una pequeña pausa para mirar a través de los visillos de la diligencia. El sacerdote de Morr tomó la palabra.

-El propio Berto ha implorado abandonar la casa para no correr ningún peligro, y está pasando la velada con nuestro gobernante. Su primo Antón, por otra parte, ha señalado que una criada con la que se acostumbraba deleitarse y que había recibido un alto grado de libertad últimamente reunía las condiciones necesarias para ser la víctima. Así que llenamos el palazzo con nuestros hombres, pusimos guardias dentro del edificio y en el jardín disfrazados con ropas normales y dimos orden de dejar entrar a cualquier desconocido que quisiera colarse. Ése resultásteis ser vos. Se dio una señal y nos preparamos para caer sobre el asesino con las manos en la masa, pero...

-Pero ahora tenemos que explicarle al príncipe que hay un monstruo en la ciudad.

XXX

Lucio Colombo, gobernante de Trantio, solía quedarse en vela hasta altas horas de la madrugada. Dormía apenas cuatro o cinco horas al día, y aprovechaba la noche para responder a la correspondencia, resolver asuntos de estado con la ayuda de su fiel secretario Passolini, y entrevistarse con informadores. Era insomne por naturaleza, y su bello rostro de altos pómulos y labios finos, enmarcado por una caballerea rubia, nunca tenía ojeras.

Esa noche, sin embargo, la rutina era diferente. El Príncipe recibía a Berto Ariorzo y su primo Antón, hermano a su vez del hombre al que él mismo había asesinado para darle el puesto de líder familiar al primero. Lucio Colombo tenía un gran sentido del humor y disfrutaba con la situación, comportándose como un perfecto caballero. Había sido un anfitrión sin tacha, festejándolos con la deliciosa obra de sus cocineros y la bella vista de los jardines del palacio, y dándoles amena conversación.

Cuando estaba de humor, y en ese momento lo estaba, era un conversador infatigable e ingenioso, muy capaz de improvisar una ligera tonadilla o un soneto como muestra de ingenio, desplegar su amplia erudición con una cita clásica o suscitar la risa con una broma. En presencia del Príncipe, sin embargo, las risas solían ser nerviosas.

Sus compañero de velada eran distintos como la noche y el día. Berto bamboleaba su corpachón sobre el diván, continuamente incómodo por la presencia del Príncipe y continuamente tratando de no parecerlo. Se reía a carcajadas de todas las bromas del príncipe, especialmente de las que iban dirigidas a su costa. Antón era una rama de otro árbol. Delgado y ojeroso como la muerte, a penas participaba en la conversación, y cuando lo hacía era para intervenir con monosílabos.

El mayordomo de palacio dio la noticia de que habían llegado el comandante de la milicia y el sumo sacerdote de Morr, y el Príncipe dio la orden de que pasaran. El Príncipe los saludó con una sonrisa.

-Vaya, vaya. Pero si está nuestro querido Marco Colombo con vos. Presto, atendedles y refrescadles. Decidme, ¿nos habéis librado ya de los crímenes de esta nuestra ciudad? -dijo al tiempo que levantaba una copa de vino con su mano izquierda para que se la llenasen.

Uno de los criados que servían a los tres aristócratas cayó en la trampa y tuvo un pequeño tropiezo, un error imperdonable. Lucio Colombo había dado instrucciones precisas de que todos los miembros del servicio debían acercarse a él por el lado derecho, pero el siervo se adelantó por su flanco izquierdo para llenar su copa de vino. El Príncipe, sin mirar siquiera hacia él, clavó el puñal con el que pelaba fruta en las corvas del muchacho, que cayó al suelo gritando. La daga se hundió dos veces más en su cuerpo mientras el chico pedía piedad a gritos.

Berto Ariorzo saltó en el asiento, a punto del ataque de pánico. Antón, sin embargo, removió el contenido de su copa.

-¡Llevaos-a-este-maricón!-bramó el gobernante de Trantio señalando el despojo gimoteante. Dos de sus guardias se adelantaron a cumplir su deseo, y luego el Príncipe se volvió con una sonrisa hacia la comitiva. Lucio prosiguió como si nada hubiera pasado.

-Perdonar este pequeño incidente doméstico. Bueno, contadme.

Con un susurro, Roberto Monferrato empujó a su sobrino hacia delante.

-Anda, cuéntale lo que has visto, paso a paso. Y sé respetuoso, por lo que más quieras.

Off: Sé que he narrado muchas cosas en el post, pero me parecía un poco repetitivo el tema de hacerte responder a las preguntas del sacerdote, luego otra pausa y repetírselas al Príncipe. Puedes interpretar lo que ha pensado tu personaje durante todo este tiempo, así como la forma en que ha interactuado con el resto de PNJs.

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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por Nimref » 20 May 2011, 16:02

Marco Colombo

Para el muchacho, todo sucedió muy rápido: la llegada del sacerdote y la guardia de la ciudad, los preparativos para un posible segundo ataque, la salida del palacio, la llegada al del príncipe... incluso la muerte de ese sirviente había sido rápida, que demonios.
Intentó poner en orden sus pensamientos: un monstruo le había estropeado su cita; un amigo de su padre pensaba que era un asesino; el sumo sacerdote le cree con respecto al monstruo y recita unas pocas palabras para protegerle de presencias malignas Que extraño ha sido eso...; va a visitar al príncipe, que por lo que ve está algo desequilibrado, mientras le hablan de otros nobles que han perdido a bellas doncellas a causa de un asesino; el asesino puede ser el monstruo. Y ahora... ¿tenía que explicarle al psicópata ese que había visto?
Marco tragó saliva pensando siquiera en la posibilidad de que aquel desquiciado, el mismísimo príncipe de Trantio, le apuñalara a él como segundos antes lo había hecho con ese criado por un fallo tan... ¿simple?

Ehrms... -hizo una reverencia hacia el príncipe, aunque estuviera de espaldas, respeto ante todo- Lo explicaré lo mejor que pueda, pero es difícil... yo iba a ir al palacio de los Ariorzo a reunirme con una... amiga, y bueno, de pronto me encontré con que ese monstruo, porque no podía ser otra cosa: notablemente más grande que yo, cuerpo musculoso, hombros demasiado amplios, creo yo... es decir, mi figura atlética no es despreciable, pero lo de ese... esa criatura, signori, no era natural -se quedó pensando unos segundos como continuar- . Además, signori, tenía pies, o dedos, vaya, como de lagarto, enormes, y una voz tremendamente gutural... por cierto, sus orejas eran enormes, como mi mano misma, creo yo. Lo peor de todo es que iba tapado con una capa con capucha y desapareció en una nube de humo...

Marco espero unos segundos a que todos asimilaran la información,y cuando pareció que el capitán iba a hablar, extendió un brazo hacia él, como pidiéndole permiso.

Signori, tengo que continuar con el relato... después, Monferrato, aquí presente, el sumo sacerdote y unos cuantos guardias llegaron, para tratar de detener al asesino, que creían que era yo... -miró a todas partes, como si aquella sombra que le hubiera paralizado todavía estuviera allí- Pero cuando oyeron gritar a sus hombres en el jardín corrieron en esa dirección... uno muerto, otro loco... ¡y no es para menos! Yo no pude sino quedarme con los ojos abiertos y completamente quieto viendo como esa criatura se extendía ante mí, dispuesta a destruirme... o comerme... si, creo que quería destruirme -dijo, tras recapacitarlo unos segundos, mirando al suelo- Por último, debo decir algo que creo que los aquí presentes no saben... de camino al palacio, ví desde la carroza una imagen de una enorme criatura alada que tapaba a la propia luna, durante unos instantes... ¿cree usted, signori, que pudo ser el monstruo? -preguntó, alarmado, acercándose a Monferrato.

En cierto modo, este juego de las intrigas era divertido, pero Marco no estaba dispuesto a perder la vida, y quería asegurarse de que ese monstruo no tomaría represalias.
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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por kurgan » 21 May 2011, 23:30

18 de Sigmarzeit, año imperial 2521, palacio del Príncipe de Tranti

En el palacio de la ciudad se reunían, cerca de la estatua de Marco Colombo,seis de sus descendientes. No podían ser de apariencias, caracteres y fortunas más dispares: el príncipe, el sacerdote, el espadachín, el guerrero, el comerciante, el muchacho, ligados por sangre al destino de la ciudad. La extraña mano de la fortuna había decidido reunirlos, y había decretado que, aunque diferentes, estuviesen condenados a colaborar entre sí.

El Príncipe escuchó atentamente las declaraciones de su lejano pariente. Interrumpió de cuando en cuando, para preguntar algún punto, indagar alguna aclaración o pedir la opinión de los presentes. En todo momento se comportó como hombre sensato y cabal, hasta que llegó al momento en el que Marco relató cómo había perdido tres hombres de su guardia personal. Un tic nervioso le recorrió la mano.

"Todos conspiran contra mí. Todos. Incluso estos. Sobre todo estos". En sus ojos se leía la furia de un volcán a punto de estallar.

Entonces, el sumo sacerdote de Morr en la ciudad intervino.

-No es extraño que hayan muerto, señor mío. En la ciudad hay una blasfemia, una abominación, una criatura sobrenatural, a buen seguro no-muerta. Todo indica que un repugnante wampiri ha tomado nuestras calles. ¡No podéis dudar! Es menester destruirlo, y...


Lucio dirigió su furia y su paranoia hacia la nueva amenaza.

-¿Wampiri? ¿Vampiro? ¿En Trantio? ¿Matando a MIS vasallos? Marco.

-Sí, y... Recordad lo que...

-¡Calla! No podemos estar hablando del mismo.


El Príncipe llamó rápidamente a un secretario, escribió unas palabras difícilmente legibles en un papel y le pasó el resultado al joven.

-Esto es una cédula plenipotenciaria. Te informarán acerca de ella más adelante. Quedas habilitado para utilizar las fuerzas vivas de la ciudad para perseguir y cazar al ser que has visto...


-Coge la estaca y viólalo con ella.-dijo a Marco. Tras un momento de estupefacto silencio, sonrió-Es una broma.

Un coro de forzadas risas se alzó de la concurrencia.

Off: Lamento no poder extenderme más, tengo poco tiempo hoy. Cuidado con la revolución!

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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por Nimref » 24 May 2011, 18:30

Marco Colombo

Tras un breve momento de duda, el Príncipe de Trantio despidió a sus invitados con un rápido gesto, alegando una súbida indisposición. Advirtió al joven Marco de su nueva responsabilidad como responsable de la autoridad, y le conminó a atrapar a la criatura responsable antes de que ésta se cobrase su siguiente víctima. Los ariorzo, por su parte, tardaron poco en abandonar los jardínes de palacio. Por lo tanto, Marco quedó a solas con el sacerdote de Morr y el comandante de la guardia, que lo observaron con aire grave.

-¿Qué ocurre? -preguntó el joven espadachín, sin comprender la mirada de sus interlocutores.

Ambos intercambiaron una mirada de interrogación, y por último Monferrato tomó aire

-Sobrino, me temo que nuestro Príncipe te usará como cabeza de turco si no consigues encontrar a la criatura que ha cometido estos asesinatos.
-Oh... con que se trata de eso...
-comentó Marco, comenzando a entrever las injustas decisiones de príncipe- Pero... ¿y si lo atrapo? Ya sabeis, si consigo detenerlo... -comentó, realmente albergando esa posibilidad en su cabeza.

Monferrato palmeó el hombro del muchacho, intentando parecer tranquilizador.

-Bueno, estoy seguro de que, si logramos atrapar a esa criatura, Lucio no tiene nada que decir, ¿verdad, pater?

Poliziano Colombo esquivó la pregunta, incómodo, y luego se volvió hacia el chico

-No os vale de nada preocuparos por qué os pasará si no lo atrapáis. Mal que nos pese, hay una criatura blasfema en la ciudad, y es nuestra obligación capturarla. Tener la cédula del Príncipe os convierte en una pieza clave en la investigación, así que me gustaría saber si tenéis alguna sugerencia o propuesta...
-¿Para capturarlo?
-arqueó una ceja- Lamento decir que no soy muy ducho en el arte de capturar criaturas de la noche, signori -digo, con cierto sarcasmo-. Disculpadme, este asunto me esta jugando una mala pasada... Podríamos ir al cementerio, ¿alguna familia con una cripta o mausoleo grande? Tal vez...

El sacerdote del dios de la Muerte frunció el entrecejo ante el tono irónico de la voz del muchacho; y la mención a que la bestia pudiera ocultarse en los jardines de morr lo enfureció aún más.

-¿Pensáis que esto es un juego para andar bromeando? ¿O insinuáis que el monstruo se esconde en una cripta oscura como en los cuentos de niños? Soy el responsable de los jardines de morr de la ciudad, y os puedo asegurar que no se tolera la presencia de ningún monstruo en suelo sagrado.
-No pretendia ofenderos, signori... ¿no hay constancia de ninguna cueva o caverna en las cercanias? Tal vez no se trate de un vampiro...


Monferrato intervino, partiendo una lanza en favor de su joven sobrino

-No seáis así, pater. El chico tiene razón. Es bien sabido que los monstruos se esconden, en muchas ocasiones, en cementerios y sitios donde se guardan cadáveres, y la casa de los muertos de Trantio es amplia y difícil de vigilar -dijo, antes de añadir-. Marco, ve a casa a descansar, duerme y habla con tu padre para explicarle la situación; este mediodía iremos a echarle un vistazo a las criptas. Mientras tanto, el páter podrá parlamentar con sus expertos en estos temas...
-No se, signori... no se si deberia enterarse...
-indagó el joven, algo preocupado por la posibilidad de que su padre se viera implicado en tal asunto.
-...para saber a qué nos estamos enfrentando -finalizó Monferrato, haciendo caso omiso de las palabras de su sobrino.
-Como gusteis; no dudeis en informarme de cualquier avance y tan pronto como sea necesaria mi mano, avisadme -zanjó Marco-. Signori, signori -dijo, inclinando la cabeza en señal de respeto hacia Monferrato y después hacia el padre; después, se marcho del palacio, todo aquello se había empezado a convertir en algo más complejo que una cita en el palacio de los Ariorzo...

_______________________________________________________________

Poco después llegó a casa de su padre: Monferrato había dicho que debía decírselo, y así lo haría, ¿o tal vez no? En su cabeza, Marco temía que su padre pudiera llegar a ser una de las víctimas del wampir; de acuerdo, no era una bella doncella, pero Marco era, tal vez, el enemigo de la criatura y... un escalofrío recorrió su espalda. Prefería no seguir pensando.
Se dirigió rápidamente al despacho de su padre para hablar con él, pero, cuando iba a golpear la puerta de madera que le separaba de la estancia se lo pensó mejor y no llamó; era mejor que viviera tranquilo. Si perdía a su hijo, jamás sabría por qué había sido.
Así pues, se dirigió a los jardines y dio unas vueltas, recapacitando y pensando en como poder derrotar a un vampiro, la más cruda representación del mal...
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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por kurgan » 25 May 2011, 17:01

18 de Sigmarzeit, año imperial 2521, palacio del Príncipe de Trantio

De cuando en cuando venían las crisis, pensaba Lucio, pero luego pasaban. Las crisis habían venido desde niño, desde aquella primera con doce años, ¿o habían sido once? Recordaba bien aquel día, la forma en que el sol brillaba sobre la arena, y en la arena, había un charco de san...

Quieto. Quieto. No pienses en aquella vez, se dijo Lucio Colombo, señor de Trantio. Las crisis se pasan. Se pasan. Siempre han pasado, nunca han durado eternamente, se repitió para lograr creérselo.


XXX

La Piazza Vella era un lugar de reunión de los más variopintos ciudadanos de Trantio. En ella se daban cita, en torno a los múltiples tenderetes, los vendedores y compradores, las procesiones religiosas, los nobles yseñores comerciales se paseaban para visitar a los vasallos y amigos, los milicianos buscando ladrones, los ladrones buscando ciudadanos honrados, las bandas callejeras matándose entre ellas. A las altas horas de la noche a las que llegó Marco, sin embargo, sólo quedaban un par de gatos.

Habitualmente, Marco hubiera entrado por alguna puerta secundaria si no quisiera ser visto, pero esta vez el carruaje lo dejó frente a la entrada principal de la mansión. Allí sólo vigilaba un viejo conserje, y los sonoros ronquidos daban fe de que su guardia no era demasiado dedicada. En verdad, todo Trantio sabía que en la casa había poco que robar, como no fuesen las espadas de los varones de la familia. Espadas, por otra parte, que no dudaban en utilizar contra los ladrones. Los perros de la familia reconocieron a Marco y no ladraron, yendo a lamer su mano.

Ya que el joven noble decidió no avisar a su padre de su llegada, bien podría haber pasado desapercibido para el señor de la casa y los criados. Pero no, por supuesto, para sus propios hermanos.

La familia de los Colombo de la Piazza Vella tenía muy poco dinero y un gran número de integrantes; a resultas, no podía ya permitirse habitaciones individuales, desde que un ala del palacio se derrumbara por la mala manutención y no había dinero para arreglarla, ni ganas de aceptar la oferta envenenada de los Vaschelli de realizar las reparaciones a cambio de algunos favores. Así, Marco compartía habitación con dos de sus hermanos más adultos, Silvio, de dieciséis años, y Domenico, que debía de tener catorce o quince. Ambos compartían el pelo negro y la lengua suelta característica de la familia, y cuando Marco entró con cuidado en la habitación, dos bultos que parecían dormir sobre un antiquísimo colchón se irguieron, con las sonrisas brillando en la oscuridad.

Silvio estiró los pies hacia arriba, destapándose.

-Dime, ¿Por qué has estado toda la noche fuera? ¿Por las jovencitas, eh? ¿Alguna con la que casarse, irse de aquí de una vez y dejarme heredar una cama individual?

"Por las jovencitas" repitió Domenico con sorna, haciendo burla a su hermano. Esto le valió un puñetazo que lo dejó impertérrito.

-Por las zorras será más bien, ¿Eh hermano? ¿Alguna zorrilla que te ha dejado sin fuerzas? Anda, cuéntanos, ¿Cómo fue?

-Y explica bien los detalles-rió Silvio-no sea que quieras que le contemos a Padre qué ha estado haciendo nuestro hermano mayor para llegar a tales horas...

XXX

Ese mediodía, mientras los miembros de la familia, disfrutaban de una frugal comida, Monferrato se presentó sin avisar en la mansión familiar, requiriendo ver a su pariente, el dueño de la casa. Entró introducido por uno de los pocos criados que la familia podía permitirse, un viejo retorcido como una vara de vid (y más arrugado que ésta) llamado Luigi. Ambos hombres se saludaron con efusividad, aunque el signore Marco estaba algo sorprendido por la repentina llegada de su primo. Éste entró vestido de civil, aunque con su sempiterna maza colgando del cinto.

-Vengo a por el chico...-dijo antes de percibir la mirada de Marco.

-¿Venís para qué?-preguntó el patriarca de la casa, genuinamente sorprendido. Que él supiera, su primo pariente no había tenido nunca demasiada relación con Marco.

-Eh... Hípica. Me encontré a Marco el otro día por la calle, y le comenté que uno de mis amigos ha comprado un nuevo garañón. Un semental bayo, ¿Verdad? Y Marco me dijo de venir a probarlo...

Más tarde, Monferrato le recomendó al chico encarecidamente que le contase a su padre cuál era la situación. Según razonaba, a un padre había que decirle siempre la verdad, doliera o fuera desagradable.

Una vez en el carruaje, Monferrato enseñó a Marco una ligera protección de cuero y un casco metálico de plato.

-Son por si acaso, nunca viene mal tener algo encima del cuerpo aunque no se sepa con qué se va a enfrentar uno. Supongo que te quedarán grandes. Pero no he tenido demasiado tiempo para buscar nada más. Nos acompañará el Páter Umbertio-dijo señalando a un sacerdote de Morr casi adolescente, alto, delgado y con la cara picada por la enfermedad-que algo nos tiene que decir...

El joven fiel soltó un gallito al comenzar a hablar, y luego se sonrojó.

-Iremos a... Iremos a, decía, la tumba de la familia Strapona. Como sabréis, es un antiguo linaje que se extinguió hace un siglo y medio, pero su cripta sigue en pie y siendo guardada por el culto de Morr. Últimamente, algunos deudos que iban a visitar a sus fallecidos se han asustado pasando cerca de la cripta; ruidos extraños, dicen. Luego que si gritos inhumanos, que si sensación de escalofrío al pasar cerca del edificio... En fin, lo de siempre. En un principio sospechamos de ladrones de tumbas o algo así, pero cuando encontramos un perro medio devorado en la puerta de la cripta nos empezamos a preocupar. Sin embargo, el culto no desea perturbar el reposo de los muertos sin pruebas a favor de la presencia de una amenaza sobrenatural, y, entre nosotros, casi todos preferimos pensar que aquello era obra de algún bromista que meternos ahí dentro... Si la amenaza es sobrenatural, no os preocupéis: yo me encargaré-remató orgulloso.

Con un traqueteo final, el carruaje se detuvo junto al antiguo cementerio de Trantio, lleno de mausoleos de grandes casas nobles y, aunque pequeño en extensión, sede de grandes obras arquitectónicas con las que los ricos de bolsa y pobres de alma competían por orgullo...

El mausoleo de los Strapona era una magnífica mole de piedra gris, rematada por gárgolas y con una entrada flanqueada por estatuas de monstruos con cara de demonio y hermosas doncellas de generosos pechos, que daban fe de las variadas inclinaciones estéticas de sus constructores. La puerta estaba sellada y barrada, y dos trabajadores locales retiraron las cadenas a petición del sacerdote... Una vaharada de aire enmohecido sacudió a los exploradores de la necrodomus y éstos pudieron ver, a la inestable luz de las linternas, una serie de tumbas recientes y unas escaleras que se hundían en la tierra.

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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por Nimref » 11 Jul 2011, 00:28

Marco Colombo

Comenzó a desvestirse tranquilamente mientras hablaba con sus hermanos.

Ha sido la zorra más grande que he visto en mi vida... -comenzó Marco, que decidió que era mejor explicar los hechos “ocurridos”- de hecho, en algunos momentos pensé que sus fuertes manos acabarían por pasar factura a mi miembro viril... en serio -dijo, afirmando con la cabeza a sus incrédulos hermanos- . Unos enormes senos contrarrestaban los déficits que podía tener, y llegó a prometerme tierras... -continuó, rascándose la barbilla- Buff... tenía una maravillosa melena... pero no quería que consumaramos el acto, dijo que eso lo podríamos hacer mañana, así que se hará mañana, y ya estoy ansioso por profanar ese virginal y suave cuerpo... -concluyó, como soñando despierto, al tiempo que se metía en la cama.

XXX

Marco era una persona que se despertaba mucho rato después de levantarse y, cuando por fin se vio lúcido, estaba en un carruaje acompañado por el propio Monferrato y un sacerdote bastante joven. Al parecer, irían a la tumba del señor Strapona, un mausoleo que era un buen candidato para que un vampiro se ocultase en su interior...

Vampiro; únicamente el término seguía aterrando al propio Marco. Trató de no recordar la imagen de la criatura sobrenatural que le había atacado, ni siquiera lo que era, pero le resultaría difícil teniendo en cuenta que tendría que encargarse de ello... eso, teniendo en cuenta que tendría que tratar de dejar de lado la presión que sobre él ejercía el saber que el príncipe podría tomarla con él en cualquier momento.

Esto es agotador -dijo, sin darse cuenta de que habían llegado y, ante la mirada de sus dos acompañantes, bajó del carruaje.

Rápidamente, unos trabajadores retiraron todo lo que podría impedir la entrada a la estructura, sólo para ver algo que despertó más miedo aún en el joven Marco: tumbas recientes y un agujero que se introducía bajo tierra.

Oh, Morr bendito... que alguien me diga que la mitad de los Strapona han muerto últimamente y de ahí sus tumbas... -comentó, mientras se tapaba la nariz y la boca con el cuello de la camisa y se introducía en el mausoleo- Sacad estos ataúdes y abridlos... Morr sabe que esto es una buena causa, ¿no, padre?

Se giró para ver la reacción del sacerdote y de Monferrato.

Está bien... ¿cuál es el orden a seguir? -dijo dócilmente, encogiéndose de hombros- Yo creo que deberíamos dejarnos de tonterías y prevenir... e incluso bajar ahí abajo, ahora que es de día... ¿no creen?
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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por kurgan » 11 Jul 2011, 19:37

18 de Sigmarzeit, año imperial 2521, cementerio noble de Trantio

Monferrato encasquetó el casco de plato en la cabeza de su sobrino y luego le descargó una colleja que pretendía ser amistosa pero, debido a los muchos años pasados desencadenando mazazos contra cabezas skaven, hizo tintinear el cráneo del joven dentro del metal.

-¡Céntrate hostia! Ya te lo ha dicho el Páter Umberto: los Strapona llevan muertos siglo y medio... Esperemos. Desenvaina la espada.

Luego, el veterano combatiente desenfundó la maza y empezó a romper con el peso de su cuerpo las anchas telarañas que se extendían por toda la estancia. Las arañas eran arañas del Viejo Mundo, y todo el mundo sabe que en ambientes tétricos estos seres repugnantes prosperan, así que pocas eran más pequeñas que la palma de la mano. Varias de ellas salieron correteando y una de ellas murió bajo la sandalia de Umberto, acostumbrado a estas alimañas.

El movimiento de una sombra del tamaño de un gato pequeño llamó la atención de la mirada de Marco. Lo que fuese aquello ascendía por la pared, y se detuvo en las sombras de la bóveda. Allí arriba había varios huecos, uno de ellos de unos treinta centímetros de ancho y otros más pequeños, que punteaban la oscuridad como una constelación de estrellas y proporcionaban algo de luz natural a la estancia.

-No hagáis caso a las arañas-dijo Umberto-. No hacen daño. Yo mismo tenía una o dos en mi habitación en mi época de novicio, y las entrenaba para cazar palomas. Pero fijaos en el suelo. Está cubierto de polvo, telarañas. Y el portón estaba barrado. Por aquí no pasaba nadie, nadie que tuviese pies.

Y sin embargo, en torno a la entrada que daba al pasillo que descendia a las catacumbas no había polvo. En cuanto el hecho se hizo notar, los trabajadores del cementerio, que se habían ido sumando presa de la curiosidad, encontraron cosas mejores que hacer, y el Páter tuvo que echarles en cara su condición de sirvientes de Morr para que permanecieran en sus puestos. Aún así, no parecían dispuestos a internarse bajo tierra.

Monferrato suspiró y sacó la maza.

-Desenvaina la espada, sobrino, y que el Páter y estas gentes vayan detrás. Los descendientes de Colombo abren camino en Trantio, como en el proverbio.

Bajaron diez pasos, doce, y entonces el soldado resbaló en una substancia oscura y perdió pie.

Y, al momento siguiente, un pedazo de oscuridad se desprendió del techo y Marco sintió sobre sus hombros el peso de un horror de ultratumba.

Felicidades, te ha caído un necrófago encima. Pero como ha sacado un 94 en su tirada para abalanzarse sobre ti, se ha golpeado estúpidamente la cabeza contra una de las paredes y está aturdido, por lo que no sentirás sus dientes en tu cuello este turno al menos. Por otra parte, tú has sacado un ¡99! En tu tirada de voluntad, así que te estás cagando encima. Interpreta la situación.

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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por Nimref » 27 Jul 2011, 13:30

Marco Colombo

Fue descendiendo lentamente, respirando lo más profundo que podía, detrás de su tío, espada en mano, tras de sí los ayudantes y el sacerdote. De pronto, su tío resbaló, y Marco se detuvo un instante. Aún no lo sabía, pero unos segundos más tarde, consideraría que era el peor error de su vida.

De pronto empezaron a pesarle los hombros y deseó no haber trasnochado, pero, cuando empezó a oler tan mal, recordó haberse lavado a la mañana... entonces se dio cuenta de que había algo que no iba bien, y empezó a sentir un sudor frío recorriéndole la frente y el cuello. Giró poco a poco la cabeza mientras levantaba la mirada y el terror más irracional que jamás hubiera sentido se hizo patente aprisionándole el pecho cuando vio a un algo sobre él.

No pudo hacer otra cosa sino gritar mientras sus ojos amenazaban con salirse de sus cuencas y trataba de mover sus músculos para atacar a la criatura con su espada, pero no podía. Había algo que le impedía moverse y que ahora implicaba la vida o la muerte, pero no podía pensar, y poco a poco vio como su vista se difuminaba, amenazando con arrebatarle la consciencia. Tenía un plan: controlarse y matar al bicho, pero iba a ser tan tremendamente difícil...
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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por Nimref » 27 Jul 2011, 13:30

Marco Colombo

Fue descendiendo lentamente, respirando lo más profundo que podía, detrás de su tío, espada en mano, tras de sí los ayudantes y el sacerdote. De pronto, su tío resbaló, y Marco se detuvo un instante. Aún no lo sabía, pero unos segundos más tarde, consideraría que era el peor error de su vida.

De pronto empezaron a pesarle los hombros y deseó no haber trasnochado, pero, cuando empezó a oler tan mal, recordó haberse lavado a la mañana... entonces se dio cuenta de que había algo que no iba bien, y empezó a sentir un sudor frío recorriéndole la frente y el cuello. Giró poco a poco la cabeza mientras levantaba la mirada y el terror más irracional que jamás hubiera sentido se hizo patente aprisionándole el pecho cuando vio a un algo sobre él.

No pudo hacer otra cosa sino gritar mientras sus ojos amenazaban con salirse de sus cuencas y trataba de mover sus músculos para atacar a la criatura con su espada, pero no podía. Había algo que le impedía moverse y que ahora implicaba la vida o la muerte, pero no podía pensar, y poco a poco vio como su vista se difuminaba, amenazando con arrebatarle la consciencia. Tenía un plan: controlarse y matar al bicho, pero iba a ser tan tremendamente difícil...
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Re: Elogio de la muerte

Mensaje por kurgan » 27 Jul 2011, 20:07

18 de Sigmarzeit, año imperial 2521, mausoleo de los Strapona

Los necrófagos habían preparado bien la emboscada. Al mismo tiempo que uno de ellos se lanzaba desde el techo, donde había estado agarrado con increíble agilidad a las piedras que sobresalían, otra de las criaturas surgió mugiendo y gritando de las sombras, dispuesta a hundir sus garras y colmillos. Era un ser pálido, delgado y muy alto, casi completamente desnudo a excepción de unos harapos mugrientos que procedían de las mortajas robadas a los muertos y los pellejos sin curtir de perros, ratas y otras alimañas. Sus miembros se habían estrechado y alargado hasta resultar desproporcionados, y atacó dando saltos sobre las cuatro patas, como un animal, antes de levantarse y extender las garras para atacar a Roberto Monferrato.

Otro, el que se había dejado caer desde el techo, había sido en otros tiempos una mujer, aunque estaba tan delgada que casi no se notaba la diferencia con un hombre. Como su pareja, tenía garras en pies y manos y dos hileras de colmillos, amarillos y desiguales. Uno de sus ojos azules estaba aún abierto; el otro estaba entrecerrado por un párpado infectado y cubierto de mugre y suciedad. Una de sus mejillas estaba atravesada por una astilla de hueso, y era completamente lampiña de no ser por algunos mechones de pelo que aún le quedaban en la cabeza, como las plumas de un pajarillo que estuviese pasando la tiña. Se lanzó sobre Marco, que sintió su peso sobre los hombros al tiempo que podía oler el hedor a tumba que despedía y sentía el tacto frío de su piel.

Y por si fuera poco, otra criatura surgió de las catacumbas; ésta un poco menos degenerada que las anteriores, puesto que aún conservaba alguna ropa y caminaba erguida. Tenía una mandíbula prominente, como la de algunos orcos, de la que sobresalían aquí y acullá dientes de depredador con el borde serrado. Era ancho de hombros y blandía un viejo hueso, quizá un fémur, como si fuera una maza.

Aunque el linaje del descubridor de Lustria siempre ha hecho gala de osadía, el pánico embargó a Marco Colombo en esta ocasión. ¡No es poca cosa estar descendiendo por unas catacumbas que huelen a viejo, llenas de telarañas y oscuridad, para que una criatura de la noche salte sobre sí desde el techo! El terror oprimió el pecho de Marco como una tenaza, le subió al cráneo impidiéndole pensar, cuando aquel ser cayó sobre sus hombros.

Sin embargo, tuvo suerte, pues la necrófaga inclinó mal el peso de su cuerpo y se golpeó la cabeza contra la pared de la catacumba, quedando momentáneamente aturdida. Colombo, por su parte, giró sobre sí mismo presa del terror, y entre arcadas se desprendió del peso muerto de su atacante. El ser cayó sobre las escaleras boca abajo, librándose por poco de morir desnucada. En su caída estorbó al de la maza, que tuvo que apartarse para dejarla pasar.

Marco no fue el único en verse preso por el terror. Al mismo tiempo, varios de los trabajadores retrocedieron a la carrera, empujándose entre trompicones, mientras que el sacerdote empezó a entonar un canto monótono en alabanza a Morr, para desterrar los terrores de las tumbas. Quizá fuera la cadencia de la antigua retahíla de palabras en clásico, pero una paz interior pareció colmar a los que lo escuchaban, recuperar el aplomo y desterrar sus temores.

Por su parte, Monferrato no se vio afectado por las apariciones. Había combatido a aberraciones peores que aquella, les había escupido a la cara, matado y pateado sus cuerpos. Irguiéndose rápidamente y aprovechándose de la ventaja de la altura que le proporcionaba estar en los escalones superiores, afrontó la carga del primer necrófago volteando su maza y entonando el grito de guerra de Trantio.

Roberto de Monferrato

-¡Toma, cabrón!


El primero de los golpes impactó en uno de los brazos desprotegidos del necrófago, mientras éste extendía sus garras buscando la desprotegida cara del guerrero, y quebró los huesos de la muñeca con un crujido repugnante. El ser chilló e intentó retroceder, llamando a su compañero para que lo ayudara; pero el del hueso no pudo acudir porque había evitado la caída de la hembra. Gimiendo, la criatura intentó escapar, mientras que su congénere se libraba del peso muerto de la criatura aturdida y trataba de golpear a Monferrato; pero el veterano guerrero no hizo caso del fémur que la bestia empleaba como arma, dado que los golpes eran demasiado cortos como para acertarsle, y descartó su maza sobre la nuca de su primer oponente, rompiéndole la espina dorsal y dejándola muerta.

Con un rugido, Monferrato cargó contra la criatura del fémur, despreocupándose de la hembra aturdida. Marco vio por el rabillo del ojo, sin embargo, que ésta se revolvía sobre sí misma y extendía las garras hacia la bota de Monferrato.

Off: Lo siento, tío. Has vuelto a sacar una malísima tirada en Voluntad. Aunque he estado tentado de ignorarla y dejarte actuar de todas formas, no sería justo. El páter Umberto pasó con un crítico, por otra parte, y Monferrato también superó la tirada.
Por otra parte, he hecho sendas tiradas comparando la fuerza del necrófago y la tuya, en la que tú has salido ganando de calle, y Monferrato ha sido más que capaz de darle duro al necrófago que lo atacó, haciéndole 9 puntos de daño que la criatura no consigue parar. En el siguiente turno, el necrófago intentó huir y Monferrato le hizo otros 10 puntos de daño, dejándola seca en el sitio. Para el próximo turno puedes actuar tú también, debido a la combinación de factores del canto de Umberto y de ver a tu tío derrotar a la abominación, pero roléalo.

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