Heinrich Messner
Contra todo pronóstico, las palabras de Messner habían surtido efecto. Mientras el fiscal hablaba, la cara de Treitt iba cambiando. Pasó de la sopresa, de la incredulidad más absoluta, a una especie de resignación, y, al final, a la determinación.
Cuando habló, el señor Hannodeck expuso las dudas que aún tenía. No estaba seguro del plan de Messner de contar con la ayuda de Reikland, ni de que los sigmaritas fueran a prestarles su apoyo. Messner, sin embargo, sabía que sus posibilidades eran mayores de lo que Treitt y Konrad pensaban; puede que no fuesen muy altas, pero sí lo bastante como para intentarlo. Si al final resultaba salir mal, no estarían peor que en un principio... Trademann, por su parte, estaba sin palabras. El cambio de parecer de Treitt había sido una grandísima sorpresa para el contable, que en aquellos momentos no acertaba a pronunciar palabra ninguna. Aún así, una chispa de esperanza volvía a brillar en sus grisáceos ojos.
Treitt Hannodeck declaró formalmente su apoyo a la causa provincial, recordando las condiciones del trato. En vista de la situación, las exigencias no habían sido para nada altas. Treitt había actuado con el corazón por una vez en su vida. Estaba cambiando la seguridad de encontrarse en al bando de un gran señor por las palabras de un letrado, letrado empeñado en salvar una provincia que todos daban por muerta. Por primera vez, Messner se sintió orgulloso de ser el discípulo de aquel hombre. Cuando había llegado la hora de verdad, Treitt Hannodeck había actuado como un verdadero patriota.
Al final, todos se levantaron de sus sillas, y se estrecharon las manos como señal del cierre del trato. Cuando le dio la mano a Treitt, Messner habló.
-Os lo agradezco, Treitt, Averland os lo agradece. Os aseguro que no defraudaré la confianza que habéis depositado en mí. Vuestro sacrificio se verá recompensado, os lo prometo. Si en cualquier momento queréis hablar conmigo, sabéis dónde encontrarme. Gracias y hasta la vista.
Konrad y Heinrich dejaron a Treitt en su sala de lectura, y fueron llevados a la salida por un sirviente. Allí, otro criado les entregó sus monturas, y los dos se dirigieron a las puertas de la finca. tras ellos, el imponente portón de cerró. En ese momento Trademann, como aliviado, suspiró. Era ya tarde, y no eran horas de andar por la calle, y cuando Messner dijo que no se quedaría a cenar, el antiguo fiscal interpretó que tampoco Konrad lo haría. A Messner no le hacía ninguna gracia que su amigo vagase por las calles en aquella situación, sabiendo que él solía ser el objetivo de la ira de los revolucionarios. Veían en Konrad al hombre que les sangraba a impuestos, no al hombre que intentaba mejorar sus vidas, que había sacado a Averland de la ruina gracias a su habilidad.
-Konrad, quédate esta noche en mi casa. No son horas para que andes por ahí solo, ya lo sabes. Descansa y ya nos veremos en el desayuno. Explícale a mi padre lo que hemos acordado con Treitt, y diles que tengo aún trabajo pendiente que hacer. Espero no tardar mucho, pero que Silvia no me espere despierta. Buenas noches, amigo.
Al llegar a la Mansión Messner, los dos hombres se separaron. El fiscal cabalgó cuesta abajo hasta abandonar el Barrio Viejo, rumbo a la Zona Comercial. Quería visitar a Migolver Bacher, para explicarle los cambios que había sufrido el plan de la desaparición. Por el camino, rebuscó en las alforjas de Erwin, buscando el sombrero y la capa que había guardado previamente, y guardando su negra toga. Andar así vestido no era precisamente adecuado...
Tras un rato, llegó a su objetivo, la Casa de la Rosa donde Migolver residía. Lo que Messner no esperaba era encontrarse con compañía...



